12 de diciembre de 2008
Ángela (fragmento)
6 de diciembre de 2008
Amor Etéreo
«Hoy no dijo nada, ni salió, ni se asomó por la ventana, ni se levantó de la cama… es probable que no haya abierto los ojos todavía. ¿Y, por qué hoy? Ayer sí, hoy no, sin una razón que pueda hacerme comprenderlo.»
—Ahí está la libertad. La libertad para faltar a la mínima comprensión.
«Algo incomprensible es algo libre; pero hay que entenderlo como es debido. No significa que lo que no comprendamos es libre, sino que lo que no tiene comprensión posible lo es: es libre lo irreductible a otra persona… no, a otra persona no:
»La libertad es esa distancia ontológica entre un yo y un tú. Por eso, con completo derecho de hacerlo, me manifiesto contundentemente contra la libertad mía, pero, principalmente y con gran desgarro del alma que alberga en este cuerpo, me manifiesto en contra de que las personas que quiero sean libres… la otras pueden hundirse en la mierda, con gran gusto de mi parte por poder enterarme de ello, pero con indiferencia hacia el fundamento de su actuar y de su ser.
»Particularmente ella, que no se ha levantado de su cama, ni ha abierto los ojos; particularmente ella, que no se levanta y que en su visión ciega del mundo no puede darse cuenta de que por lo menos hay una persona que en este momento ocupa todo su pensamiento en tratar de imaginarse su cara —una cara que es dulce, pero no dulce como el azúcar, sino dulce como vainilla— y el suave movimiento que sus labios hacen tratando de apaciguar alguno de los tormentos con los que sueña, y que ella no sabe que no son reales… Ah, si ella supiera que eso que la hace moverse no existe; y que existo yo, que no puedo dormir cuando ella duerme, porque me asusta que no vuelva de su mudo onírico y que pueda volver a dibujarse mi cara en sus ojos cafés, tan comunes como los míos, pero que están más allá que los de cualquiera; ojos que proyectan y reflejan al mismo tiempo…»
Así lo escribió en una hoja suelta que encontró; tomó un lápiz y se alegró porque con el grafito su letra parece mucho más bonita que con tinta. Así de superficial es este hombre, pequeño hombre entre los pequeños que ya no se afana en encontrarse porque se sabe perdido y entonces decidió que no tenía caso buscar una obscura esfera vacía y colocada a una distancia infinita con la que no podría hacer nada una vez encontrándola, y se le presentó la oportunidad de buscar una esfera igualmente vacía, pero recubierta de mil formas desconocidas e iluminada por lo colores más impredecibles, aunque a una distancia varias veces más infinita. Una búsqueda más entretenida, sin duda, porque aún si no la encontrará —como sabe que es imposible hacerlo— la sola contemplación de sus formas merece ocupar el tiempo que de todos modos se pierde.
Pero hoy no dijo nada, a pesar de que ella se comprometió a decirlo, no con palabras, es cierto, nunca le pronunció “mañana te lo diré”, pero nunca había hecho falta eso en los compromisos que hacían y asumían, o eso pensaba él, que siempre se hunde demasiado en su propia negrura y vacuidad interna. Tal vez lo olvidó, porque los pensamientos que no se dicen se olvidan rápido, y más rápido se van los que no sólo no se dicen, sino que no se piensan, y a penas se sienten… o tal vez eso se lo estaba diciendo. Si no se ha levantado, eso es un dicho en sí mismo… pero no, el compromiso era “mañana te lo diré”, él estaba seguro de eso.
Ayer, cuando después de atravesar la calle tapizada por una plasta pegajosa de origen incierto, se detuvieron enfrente del mercado de flores y él se quedó absorto por un rato, estaba pensando en ella. Contemplaba uno arreglo inacabado, al que estaban agregando unas gladiolas y que se agitaba como en protesta, y él pensaba solamente en la manera en que titubeaban las rosas y otras flores multicoloridas y sin nombre como buscando el lugar para el que habían nacido y como buscando que su muerte no fuera a terminar como si la primavera no tuviera un significado que llegue más allá de junio; y este pensamiento no era sino todo ella, la mujer que lo acompañaba y a la que él dedicaba, desde hace varias semanas, la mayoría de sus pensamientos y, en los últimos veinte minutos, absolutamente no hubo instante en el que no hubiera un ella que acompañara todas sus representaciones. Sin importarle las implicaciones kantiano-ficinianas que hayan surgido de esta condición de su conciencia, él permanecía en la contemplación del arreglo floran en proceso de su acabamiento, y en la idealización y adoración de la divinidad que es la mujer que lo acompaña. Mientras, al mismo tiempo, esa mujer que él ha endiosado está a su lado, percibiendo el ajetreo cotidiano de un mercado público ubicado en la acera de una avenida trazada por el demonio y atrapada entre los gritos más variados que casi tratan de imitar súplicas y sin olvidar la plasta pegajosa de la calle y ha empezado a frustrarse por la desatención en que la tiene él, que sólo se ocupa de las flores y quiere decirle “vámonos de aquí”, pero no se atreve. Si él quiere ver flores, que las vea; si no le importa estar aquí, en medio de tanta cosa hiriente, adelante; y también se da cuenta —porque es cierto— que él no piensa en ella. Y no es que no la tenga en mente, en cierto sentido, pero la mujer en la que mantiene ocupada su mente no cambia, es única y sólo puede ser contemplada; no existe, pero ella sí existe y soporta los olores fétidos que no sabe de dónde llegan y que ya han provocado que se arquee y se lleve las manos a la boca un par de veces. Y mientras él piensa —y siente sinceramente— que no puede encontrar una cosa que él no sea capaz de sacrificar por la comodidad de ella, que así se tratara de un capricho para que estuviera mínimamente más cómoda que implicara un sacrificio o renuncia importante de su parte, él lo haría; mientras eso pasa por su mente, cuando ve las flores, no es capaz de verla en su petición. Es verdad, ella, la que existe, tiene poca importancia, por lo menos cuando se enfrenta con ella, la que no existe.
«18:43. Todavía no se levanta», Escribe. Toma un sorbo de una tasa de té. «Es mentira que no sepa de su compromiso, lo que sucede es que no le importa si deja de cumplirlo. Pero, en cierto sentido, el que no lo valore es ya decir mucho.» Él se hunde cada vez más en una bruma de su negrura, como es costumbre suya hacerlo. «Está bien, si no quiere decir lo que debe decir, está bien. No importa que no tenga ni la cortesía de inventar un pretexto, no importa que no le importe saber que yo estoy aquí, desde la mañana, pensando en ella, que anoche cuidé sus sueños. Cuánta cobardía, cuánta…» Entonces estrelló su lápiz contra el papel y le destrozó la punta, sintió un calor en su estómago y ardor un poco más arriba, unas pocas náuseas, se tira al piso, estira sus brazos y aprieta los puños…
Ella, en su cama, con fiebre, ha vomitado varias veces y ha deseado que él pudiera acompañarla, pero no la ha llamado porque, si no se ha acercado para preguntarle por qué no se levanta, sin no le parece raro que a las 19:00 no se haya aparecido por el exterior ella, entonces, ¿cómo iba a importunarlo?
1 de diciembre de 2008
Domingos
Ángela (fragmento)
Pasan las horas y nos buscamos, como las semillas el suelo… cayendo con una fe, infinita y germinal […]
Tazas
Se cayeron las tazas y los colores del suelo emanaron alguna especie de efluvio inmaterial con sabor a pérdida. Perdí la fe y ella se va. He vuelto a caer como cae una taza de café, negro y cargado, sin azúcar por favor. Ahora yo soy los pedazos quemados que buscan volver, algún día, a ser como el agua que se separa y se une con delicada indiferencia.
17 de noviembre de 2008
Escala amoris (después de leer a Miguel Hernández)

¡He allí el poeta que, con el alma desgarrada, recoge los jirones de lo que todavía queda de ella para zurcirlos en versos y estrofas!
¡He allí al poeta, con los días nublados y las noches largas, ausente en su propio cuerpo, pues es otra su dueña!
¡He allí al poeta, ardiendo en desventura y helándose en solitario, desencantado del mundo por la falta de una mujer, de una fémina singular: la única para él en la tierra!
¡He allí al poeta, reclamando al Cielo y desgarrándose las ropas, vociferando en contra de la injusticia y del desequilibrio cósmicos, con la boca llena de despecho y de desasosiego, vomitando anhelos rotos y esperanzas vanas!
¡He allí al poeta, pobre miserable, apenas humano, arrastrándose en el suelo por un amor, por un querer imposible, o al menos, no realizado!
¡He allí al poeta, aquel triste ángel que ha perdido las alas y el rumbo de su vuelo! ¡Santificado seas, ser uranio y bendito! ¡Ahora mismo, he de unirme a tu elegía! ¡Aquí va mi dolor también!
Esgrimo un par de enunciados sobre el papel. Le doy de vueltas a un par de frases. Repaso una tras otra las imágenes sensuales que han conmocionado mi vida y las promesas de amor de mujer a lo largo de mi vida: ni una sola línea sale de mí con sinceridad, todo es emotividad forzada. He querido cantar, gritar, llorar, maldecir, y no he podido ¿Por qué? ¿Nunca he amado a una “ella”?
Veo al poeta abatido y rasguñado, tirado a los pies del mundo: lo miro con mudo respeto y empatía. Al mismo tiempo, rebelde, una parte de mí grita: - ¡Pero que ingenuidad la suya! ¡Qué poca visión, cuánta ceguera! ¡Es él mismo el que se ha hecho tanto daño! ¡Qué fanático, qué loco!
¿Es qué acaso no se ha dado cuenta del sagaz espejismo de los hombres, del voluptuoso fantasma de la infatuación llameante? ¿Es que acaso no ha volteado su cabeza hacia arriba y no ha dirigido sus ojos a la fuente primigenia, esa punta de pirámide de donde toda gracia y todo encanto provienen? ¿No es suficiente el resplandor de belleza que emana sobre todas las cosas?
¡Ea, poeta! ¡Despierta ya al mediodía, que a la que quieres no es a una, sino a todas y a ninguna! ¡Aspirad al todo y no a la parte! - .
Cada estímulo, cada señal, cada trozo de añoranza compartida: mi alma dividida en dos. Brusca oscilación entre Urania y Pandemia. El jardín de los senderos que se bifurcan.
11 de octubre de 2008
Let me see you stripped just for me...

translúcida y opaca, ligera cortina.
Descuidada emisora de humaredas perfumadas,
hipóstasis cotidiana de botines enterrados.
Una fría línea que hila con otra igual, astuta,
un bella proyección de edípica esfinge.
Mudo y hermético gesto y seña, símbolo,
rasgo que sólo muestra, que nunca dice.
Un rumor: temor al fuego, precaución al rosal
o quizás a la salvaje estocada… ¿quién lo sabe?
Un navío que surca el mar de los momentos
sin pretensión de detenerse en algún puerto.
De metafísica se apetece tejer estos versos
pues especular sólo puedo. Magna, cruel adivinanza.
Hacer girar teorías y tratados, axiomas, garabatos
alrededor de su núcleo, de su aura y su neblina.
Lo suyo, es mi creencia, no es mera marquesina:
aguarda y actúa un secreto. Limpio, honesto, constante.
Una cálida marea que no alteran los astros.
Un tímido arrecife que no rompen las olas.
Multitud de capullos y de botones se abren
a la menor provocación del colibrí o de Febo.
Sólo uno aguarda, prudente, en y por la sombra
preservando con celo su rojo y su miel.
Un cariñoso reflejo en la superficie, vibraciones
de los sabios peces que nadan en sus aguas.
Caprichosas formas que se mueven tras el biombo,
que sumen en la añoranza de su grito desnudo.
Ni el arco y la lira del tiempo y del contento
han podido extraer del tierno fondo alguna melodía.
Una vez frente al altar, prohibido el relicario,
aunque deambule el rey con humilde indumentaria.
Déjame verte… así. Nada más así. Sólo verte.
14 de septiembre de 2008
La última cena

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- ¿Quién eres ahora? – le pregunta de manera dulce.
El calor se mantiene. Pequeño remanso en la iracunda corriente. El sudor escurre, se dibuja en el lienzo. Son dos para las cinco. Las cortinas de vez en cuando dejan pasar la ambarina resolana, ingenua espectadora del ambicioso suceso.
Por fin se callaron los perros que ladraban afuera… ¿Qué se avecina? Nadie puede describirlo aún. El vidrio de la ventana, medio flojo, se tambalea solo con ayuda del viento. Y él sigue subiendo. Sus ojos arden, centellean en ellos demonios mitológicos y días del juicio, sodomía y misas negras en las que los invitados son obligados a lamer objetos irreconocibles y a fornicar con sujetos desconocidos.
Un increíble ruido sale de la femenina laringe de la víctima. No es convencional: resulta parecido a esos gemidos que emite el cisne durante sus últimos días en la tierra, o como un puerco vomitando la última sangre de su cuerpo, colgando cabeza abajo en algún rastro clandestino.
- ¿Te gusta?- vuelve a preguntarle.
Sus deliciosos y delicados hombros desnudos tiemblan, como la llama de la vela que accidentalmente se apagó ayer a la medianoche, cuando ambos todavía eran confidentes y contertulios, cuando aún no había revelado Cerbero sus otras dos cabezas. El victimario pasa la hoja afilada por su barbilla, le besa uno de sus dos pezones erectos; erectos ya por la adrenalina, ya por las horribles delicias que siguen haciendo estallar su carne interior, flagelada incisiva e insistentemente por las emociones sufridas durante las últimas veinte horas.
- ¿Quieres que cambie de canción?- insiste en entablar una conversación, inútilmente.
Una y otra vez se ha repetido en el reproductor, “The Downward Spiral” de Nine Inch Nails, sin descanso, durante todo el abrupto trayecto, produciendo ya una especie de efecto hipnótico en ambos que oscila entre la exacerbación y la náusea. Pero no importa. Todo está bajo control. Casi toda la extensión de su cuerpo ha sido besada y lamida, delicadamente, de manera angelical. Sólo algunas de sus partes han sido deliberadamente quemadas y cortadas. Pero es un pequeño sacrificio que hay que pagar por el hedonismo más elevado, por el más puro de los tantrismos.
- ¿Aprietan mucho las vendas, mi amor? ¿Quieres que las aflojemos?-.
Una mano, fuerte, como de piedra, toma una de sus nalgas y la acerca hacia él. Hace lo mismo con la otra. Dirige una mirada explosiva al techo, santificando aquel día y aquellas cuatro paredes que apadrinaron su obra. Por doceava vez consecutiva, la penetra: una vez por cada apóstol de Cristo. No requiere más que de algunos minutos para recuperar su energía y su rigidez entre apóstol y apóstol. Su bestial aliento emerge con cada exhalación, rojo púrpura invisible, como de una chimenea del Tártaro: sólo las moscas y los muertos pueden verlo. Permanece vedada para los normales semejante fluorescencia. Se rompe la porcelana contra el acantilado. Se desgarra la seda al pasar junto a las espinas del rosal abandonado.
- ¿Recuerdas lo mejor de tu vida ahora, linda?- vomita risueño.
Los ojos desorbitados y lacrimosos de la joven, expelen un olor crispado de dolor insoportable y de desbordante placer que, junto a sus pechos blancos y redondos que penden de su tronco y sus alargadas y curvilíneas piernas que yacen flexionadas, conforman la poesía estridentista más bella que jamás se ha escrito, el pañuelo mejor bordado de toda Europa, de toda Asia. Sólo dos días antes su amable e ingenua vocecilla le había invitado, a aquel pulcro y enigmático mancebo, a cenar a su apartamento. Sería divertido, agradable. Dos botellas del mejor vino, un pavo horneado que perduraría en su paladar mnemotécnico toda su vida. Coito. Un affaire. Eso era todo. Pero es mejor no confiar siempre en la costumbre: a veces los presentimientos emiten palabras más profundas, más duraderas. A veces ver por el ojo de la cerradura no basta.
- El pavo estuvo delicioso, he de admitirlo. Eres buena cocinera, anfitriona, y amante sin duda. Aunque el vino… mmmhh… no sé… dejó un poco que desear. ¿Qué cosecha dices que era? - .
Un movimiento rápido sobre el cuello. Un último beso en la frente. Una úlcera en el corazón. Una paloma blanca escapa presurosa de la alcoba. Largos y rubios cabellos adornan la alfombra persa, manchada de juventud. Limpia su hoja en las sábanas santas. La enfunda. Se levanta. Se marcha. El reproductor sigue tocando…
He escuchado que no hay mejor manera de conocerse mutuamente en la intimidad que jugando al equilibrista sobre los bordes de la sensación misma, desnuda de toda pretensión y de toda significación: la escenografía entera se cae y es posible asomarse tras bambalinas. Al menos eso es lo que se dice…
13 de septiembre de 2008
···
En el tiempo hay una parte vacía, que no es posible rellenar con llanto, por lo que es necesario rellenarla con una manía inconfesa de alcanzar el insondable infinito que implica la existencia de alguien más. Y, ¿qué es esa cosa que pasa con nosotros? ¿Qué más da la vereda que se escoja para llegar al inevitable precipicio? Y, sin embargo, aquí estamos, firmes y decididos a encontrar algo que siempre se nos ha presentado como inexistente: la satisfacción. ¿Satisfacción de qué? No importa en absoluto: satisfacción de una carencia en cada caso (y si alguien se atreve a hacer la pregunta necia, la respondo: carecemos de todo, excepto de nosotros mismos, quiero decir, de nuestra compañía). ¿A dónde llevamos todo esto? ¿Por qué nos odian?
También se sabe que a las únicas personas a las que realmente podemos hacerles daño son a las que nos quieren, a las que confían en nosotros ¿Por qué confiar? ¿Por qué no? Es necesario para vivir; es, la mayoría de las veces, por pura comodidad, para ahorrarnos el trabajo que implica desconfiar. Obviamente, no les confiamos la vida, mi vida se la confío únicamente a ella, a quien no le puedo negar algo que no me pide, pero ahí mismo está la cuestión ¿Qué vale el que yo le dé mi vida, si no puedo no hacerlo? Y, antes que todo, perder, para siempre perder.¿Dónde, dónde, dónde está?
23 de agosto de 2008
Infancia
Todos siguen entonando canciones y algunos cuantos se besan, o simplemente charlan en alguna esquina o alguna mesita de mármol, al compás de las luces caóticas de nuestro recinto, las luces rojas y verdes y anaranjadas y amarillas y azules de este lugar, tan dado a la extinción y al olvido. Aldo, con su saco café, sus gafas que recuerdan a algún galán francés en algún bar sepultado, escribe, escribe, escribe y tambalea las flores mullidas y dobladas (tulipanes) que ha poco Angélica le ha rechazado. (Ella, mirando al cielo, fingiendo no reparar en el presente, le ha dicho:
>>)(ANGÉLICA: –Usted vuela sobre aires y redes que a mí me sofocan y hacen arder la piel. Ojalá pudiera yo compartir sus intenciones de terciopelo, de satín y de seda; sus miradas desbocadas que alumbran puentes de textura salina entre usted y yo. ¿Me comprende? Soy frágil como una luz mortecina, el azul de mis ojos se lo confirma con cada suspiro; temo romper sus artificios con mi trémula movilidad, parecida a la de un colibrí, que describe y descifra con abatimiento de alas y aritméticas, los enigmas del espacio.–)
>>)(ALDO: –Estas flores son el cadalso y la aldaba, el pestillo y también la discreta llave. No hace falta que yo mire sus ojos, sino que usted mire los míos (un poco de gato y un poco de fuego). Comprenda que no hace falta deshilvanar distancias, ni aún componer los hilos fosforescentes que insuflan el espacio que usted y yo habitamos. Es cuestión de regocijo y de melodía, de fiesta {y} de vecindad, de lumbre y cadencia, usted y yo, usted y yo, usted y yo.>>).
Y es esto lo que Aldo escribe y lo que Angélica piensa. Y me incluyen a mí, que te miro escuchando la distancia y la música, y a ti, que te detienes como una eternidad sobre la escalera de madera, con tu presencia de madera que en cualquier momento hará combustión y me abrasará.
Muriel y Martín te han mirado ya y desdibujan, por encima del clamor violento y rebelde de la música, las imágenes que antes, meramente ideales, ahora transparecen efectivas, en abrazos y besos hacia ti, transformadas en materia, y tú respondes con la misma transposición, luminosa y feliz de verlos de nuevo, tu hogar, tu hogar, al fin tu hogar. Los pianos atrabancados gritan y es en verdad goce lo que los une a las manos implacables y enloquecidas de mis mejores amigos músicos, unos locos de remate, de Schoenberg y de Viena (igual que Schoenberg).
(Nietzsche dijo, aunque ya todos lo mastiquen sin reparar en el sabor y la textura, y aunque cualquiera finja saberlo, “La vida sin música sería un error”. Pero la música sin vida es lo mismo y yo quiero vivir aquí, en esta morada sin bocinas, con las cuerdas y los saxofones y los coros de voces que se vuelven verdades irrevocables para cualquiera como yo y como tú.)
Y la horda de verdades desemboca en ti, que saludas a todos los viejos amigos y con gracilidad de ave llevas memorias a todos, como una aurora añorada desde lejanías de tiempo y distancia, la misma , la misma, la misma.
Abajo en mis zapatos aún resuenan las olas que nos mecieron a ti y a mí, con un fragor inaudible, la primera vez que nos vimos, como si desde entonces un mar mudo e inmóvil hubiese inundado el mundo entero, cubriéndonos y enlazándolos por medio de ocultas cadenas de esferas de agua, de aire, de tierra y de fuego. (Así, cuando alguno de los dos agitara la mano, sintiendo miedo, el otro lo sabría en cualquier lugar).
Martín, con su innegable presencia deslumbrante, y Muriel, con su encanto inexplicable y sutil, se despiden de todos, agitando brazos mientras todo el mundo baila, descontroladamente, apurando vasos y fumando cigarrillos, sosteniendo conversaciones mundanas y no, hojeando los libros sobre las terribles imágenes de Goya y las otras desenfrenadas de algún pintor holandés, sobre la poesía oculta tras un árbol de Varo y el surrealismo, sobre el cinismo y la vanguardia de Hirst y de Barney. Angélica ahora entra por la escalera y se queda mirando a Aldo, que la observa fijamente.
¡Milagro de la simetría!
“Eres una perla secreta, cuya verdadera ubicación sólo yo conozco, ajena al bullicio de la festividad circundante; tu secreta existencia es un faro al que nunca llegaré (eso lo sé muy bien, mi jazzgirl) pero cuya luz brilla con intensidad, siempre, siempre, siempre.”
Contigo (con esa constancia de torre inmarcesible) ninguna angustia ni ningún miedo pueden atemorizarme, porque te quedas aquí y yo me quedo contigo, en cualquier lugar. Me das una confianza que sólo hombres antiguos conocieron, pero tú no eres un Dios, terrible e imposible, sino carne, cómplice de mi sangre y de mi espíritu.
Aldo y Angélica estarán bien. A ella le agrada jugar, como si cazara algo, como una abeja reina completamente sola y aún así llena de riquezas. A él le gusta el sufrimiento como una práctica de vuelo, se eleva y en verdad flota por encima de todo y alcanza alturas imprevistas cuando se flirtea con el dolor. Y así, ella tiene un poco de ave y él un poco de abeja. (¿Pero y si todo esto muriera? Tú no podrías negarlo en serio y sin embargo eres una niña y serías pródiga hasta con la muerte y hasta con los plenos y ricos de espíritu. Eres digna y hasta perdonas la arrogancia de quien es verdaderamente grande. ¿No será que, en medio de este salón desvencijado y lleno de humo, tú también eres grande y te alzas, inmensa, por encima de nosotros, cubriéndonos a todos? ¿No sentirías tú también vergüenza de no ser digna de tu propia grandeza?
Claro que todo esto no ha pasado esta noche y todo esto yo no lo sé (¿cómo podría saberlo?) pero es la verdad, como sabrás (y ahora te guiño los ojos: “como tú quieras quiero”).
Lo que importa es que estamos aquí, ahora, ahora, ahora. Fatales, como una brisa de verano, nos hemos encontrado. Tú sonríes y miras, como esperando. Yo te miro con ojos entornados, como sin poder creer que eres la misma, ¡la misma! La misma. Y yo, yo, yo permanezco callado, contigo. Es una seriedad exquisita.
Y así, nos rodeamos con los brazos, a través de separaciones irreales y por encima de los hombros vemos, como encerrados dentro de una esfera hecha de espejos. Vaya felicidad. Tu honestidad me pone así. ¡Con qué ojos infantiles te miro!
Una niña, como hecha de flores pregunta: ¿qué quiere decir ahora? ¿Qué quiere decir tiempo? ¿Qué quiere decir siempre y nunca y luego?
Estamos así, ahora y aquí, no importa más. Y aquí hacemos una digresión con Platón y sus Ideas y también en contra de algún Borges trasnochador: el molde es la cosa misma y la cosa es también el molde. El café, las notas del piano, la sonrisa, la pluma, el azúcar, los amigos, el cigarrillo, la servilleta, el humo, la carcajada, la lágrima, el techo, el verde, el faro, las flores, la metáfora, la cajita, el castaño, la inocencia, el abrigo, la pintura, la mirada, el ruido (y el fondo), la risa, el cuaderno, la taza.
Así deben ser los funerales, como una fiesta que celebra con vehemencia la vida y la muerte: tú y yo; yo y tú.
22 de agosto de 2008
Prácticas de vuelo
Pero a él el tiempo le pasa de otra manera. Se levantó de la mesa, se puso el sombrero, envolvió la opacidad de su corazón en un pañuelo y lo guardó con cuidado en el bolsillo del saco. Abrió el paraguas -aún posee la extraña nobleza de proteger su amargura- y pensó que la tristeza es una posibilidad fácil, aún así, la suya, la única suya. En algún otro tiempo, este hombre también tuvo que bajar, también pudo oler su cabello y ahogarse en sus ojos. Ahora se va, como si irse fuera cosa de todos los días.
Un intento y he podido explanar el pañuelo que soy yo mismo. Me alcé por encima de todas las alturas, como quien vuela en espacios sublimes, rotos de tanto color, densos por causa del polen.
Dos intentos y he vuelto a caer. Ella se llamaba nada y lo que más le gustaba hacer era el vacío. Contradicción eterna pareció en otro tiempo. Porque parecía en verdad que un día iba a ser algo.
Tres intentos y he vuelto a caer. Ella fue mi cuerpo, y también la sutileza de un suspiro incisivo. Yo estuve ahí en el suyo (en su cuerpo), la gravité como quien espera derrumbarse en millones de cristales, como quien espera precipitarse para mojar el universo.
Cuatro intentos y me sostuve un segundo. He vuelto a caer. Allí estaba la resolución, el cuarto con los vitrales que alojan todas las formas, el estante con todos los libros. Y la puerta vacía, esa puerta vacía que con dolor se aleja de mí (una amiga mía ha desvanecido sus pinceladas encima de mí).
Cinco intentos y pude tocar una nube; una cirrus de sangre. Y he vuelto a caer. Ella es todos los cuerpos, y arrogante, ha iniciado un gesto de elevación que amenaza con quebrar el mundo.
Ahora, yo he elevado mis manos a las alturas que nunca merecí y me convierto en un pequeño gesto de niño distraído y mentiroso, aspirando a la belleza que nunca fue mía, buscando unos ojos que maúllan y que, resueltos sobre su propio destino, han decidido ya el último decurso de una vida (¡de una vida entera!) y en los que nado como un intruso infantil, deseando que dormir en esos ojos, para que ellos también duerman en mí, sea a la vez encontrar la bendita dignidad de la muerte.
Morir. Morir como se muere un viento de oeste, morir como alguna antigua canción de serenidad, cuya armonía se desmorona. Morir como alguna estrella o como se muere un amor, lleno de fuego y lleno de altura; pleno de ninguna cosa. Como el niño que fui y que solía abrazar la vida como si eso fuera cosa de todos los días.
Para Marlon Orozco Baños.
13 de julio de 2008
Tarde azul para jugar
Amenazado por unos ojos que se asoman a través de una rejilla. Un aliento que viene del oeste y se disipa ya lejos de mí, aunque sé que no desaparece para siempre, que siempre va a estar ahí tal vez disperso, y que antes también estaba. Una permanencia que no se justifica para mí: un mundo siempre igual y un yo siempre perdiendo cosas (y a sí mismo).
Los intrépidos ojos negros suyos seguían fijos en mí, ¿cuánto tiempo habría pasado? Cualquier cantidad podría haberse creído. Esa mirada era secundada por la imponente presencia de su piel morena y la blancura delicadeza que se habían permitido sus senos después de tanto permanecer ocultos; pero hoy no, ni mañana. Separados por una rejilla y por algo más, que verse no puede, pero sentirse sí; y unidos por algo semejante, ocasionalmente llamado deseo, con una increíble imprecisión, quizá concebida a propósito.
Una de esas cosas, uno de esos días que todo el mundo conoce pero que nadie sabe, caminando, siempre caminando llegué hasta su vista, y víctima fui nuevamente de su encantamiento y nuevamente mi pecho ardió y mis ojos se abrieron y demás blasfemias que operan sin consentimiento mío, sólo con la venia de Dios y obedientes a su propósito. Y yo sin entender la manera en que su pecho late ni en que sus pupilas se dilatan, distante de ella por un abismo, sin saber cómo ni por qué quiere ni los motivos por los que se mueve; sabiendo sólo que me miraba; sonriendo sin, tal vez, poderlo evitar, mirando a un cúmulo de carne moverse, mirarla y también sonreír.
Frío y calor como los únicos elementos del mundo: nada más se necesita para querer la vida. Una mejilla tibia recargada en mi pecho tratando de contener la fuerza de mi latido. Pensando aquí, en el olor solamente de su cabello y en los artificios que me engañan siempre, que siempre me provocan. Sin nada que decir ante el desfile desorganizado de las ardillas que por sí mismo expresa, que en sí mismo contiene todo lo que decirse puede, porque esas ardillas son nuestros pensamientos. Un cuello que oculta secretos tantos y tan varios, que ha sido visto de tantas maneras, que une, cual frágil puente, la querencia y la necesidad. Una figura conocida en un suave abdomen maleable y juguetón, y unos pies.
Parado aquí, soportando de frente la ola que viene del pasado, que está encima de mí, que caerá inevitablemente, que inevitablemente me hundirá, que me empapará de su sabor salado.
El cielo despejado, azul como nunca antes. Golpes y violencia infantil, regocijo de no poder reconocer al otro. Un asesinato inocente, un juego vaiviniente donde la naturaleza trae y arrebata, donde el sol genera y degenera; y una solemne, inexorable ley que resplandece sobre todo, que nos obliga a actuar viéndonos solos, que nos conduce, ciegos, por do le conviene, por do los juegos ya no acabarán.
Maté a la de piel morena y negros ojos, a pesar de mí mismo.
8 de julio de 2008
Metempsicosis

El beat, el acompasado y monótono golpeteo dominante, recordaba aquellos ancestrales rituales de variados y míticos pueblos alrededor del globo, mismos que, bajo el influjo del ritmo de numerosos instrumentos de percusión y de la cálida sombra de las fogatas y de las piras, lograban entrar en comunidad con los otros mundos, con poderosos espíritus y dioses a través del movimiento extático de los senos y de las caderas, del abundante espumeo de sus bocas debido a la pérdida momentánea de su conciencia, de la pupila de sus ojos. Un gramo de efímero romance, una pizca de fugaz aventura, una onza de dionisíaco olvido: preciados tesoros de los asistentes esa noche a la ardiente festividad, buscados y perseguidos con tanto afán y con tanta voracidad que daba miedo, que daba asco, que daban ganas de unirse desinteresadamente a su cacería y desparramarse en el mundo, posteriormente, embriagado de placer y de deliciosa, dulce náusea.
Un escalofrío asciende por mi espalda, idénticamente como el legendario dragón asciende hacia los cielos en forma de turbulento relámpago. Impredecible, como la noche, un pensamiento se abre paso y se instala, cómodamente, en medio de mis convicciones y de mi vulnerable moralidad. Me levanto de mi silla, rumbo al sanitario. En el camino, me encuentro a alguien que no reconozco en medio de todo ese alboroto, a la mitad de ese ilimitado jolgorio, deleitable auto-destrucción. Me lleva de la mano hacia la salida. Las risas se vuelven balbuceos, el mar de música se vuelven ecos lejanos. Volteo hacia atrás por última vez, y como en Sodoma, una hermosa y curvilínea chica se convierte en sal, con la Gomorra post-moderna como muda testigo. La figura desconocida, mi guía, por fin consigue sacarme de la cueva y ponerme de frente al frío saludo de las silenciosas y enigmáticas calles de la madrugada citadina. He vuelto a nacer. Me pasa todo el tiempo.
