24 de enero de 2009

De malecones y caminatas

Sólo después de tres horas pudo dejar de ver ese rincón, de recordar los tiempos en que los sabores de las golosinas eran mejores, porque no estaban hechos con basura. Una alacena pequeñita, con pocos trastes; conservas de coacuyul con una consistencia que no se compara con las falsas baratijas que ahora se ofrecen en las afueras de las escuelas… pero eso ya no importa demasiado. Con una acción maquinal enroscó la bufanda en su cuello, y caminó de nuevo, mirando hacia el suelo, contando sus pisadas y observando con atención cada pedazo de banqueta que era cubierto por sus pies, a cada rato. Alzó la vista y apareció una ciudad desquiciada como nunca antes. Caminó más rápido, quería alejarse tan solo, y esconderse en su madriguera, en su refugio contra las hostilidades de lo externo, que son muchas, y últimamente más que antes.

Llegó a un edificio viejo, con más años de construcción de los que él tenía de nacido. Sacó de su bolsillo un llavero, e introdujo la más grande en la puerta, subió cinco pisos y abrió una puerta con el número 404 inscrito en ella. Mismas sillas, misma estufa, mismo catre. Todo como lo esperaba. Aposentó su pesado cuerpo en una silla, junto a una mesa pequeña y cuadrada, llena de legajos sueltos y libros sin separador, y separadores sin libros, una taza de café ya sin café, un par de platos sucios y una botella de vino barato, la cual tomó entre sus manos y examinó detenidamente: «vino barato». Llenó la taza de café, aún con residuos, y la empinó en su boca, y sintió un sabor amargo, que todavía no era vinagre. Pero entonces recuperó la facultad de pensamiento. Sí, podía saberlo con claridad, aquello que se paseaba por su cabeza no eran recuerdos, sino pensamientos auténticos y todos ellos nuevos. Su mano apretaba la botella más fuerte. «Me gusta pensar, pero sólo cuando soy estúpido». Después de dos tazas más la botella quedó vacía, así que se acercó a la pared, donde había algunos huacales encimados y, dentro de ellos, algunos trastes, garrafoncitos de agua y de mezcal, sobres de café, de té, cucharas, cuchillos y una hielera de unicel con carne pudriéndose en su interior. Tomó una garrafa de mezcal y volvió a la mesa. Hasta que vio la hielera no se había dado cuenta de que el olor a podredumbre estaba por todos lados, dentro del cuartucho, fuera del cuartucho; en las calles era igual, pero los demás parecían no notarlo. Al final, unos cuantos gases evaporándose desde lo que una vez había estado lleno de la calidez de la sangre y de la movilidad de una monotonía determinada innatamente, antes de la humanidad y no por los humanos.

Después del primer trago de mezcal se sintió listo y entonces recordó ese día. Pantalón negro, chamarra café obscuro, camisa azul marino. Un oleaje que una persona que pasaba a su lado en aquel día había calificado de “brutal”, con total disgusto de su parte; viento, mucho viento. Pero todos estos detalles siempre los había recordado, lo que buscaba era pensarlos, hacer algo con ellos, estudiarlos, entenderlos… nada que pudiera hacer sin la ayuda de una consciencia alterada, sin alterarse él.

Caminando con la insistente necesidad de tomarla de la mano, y preguntándose «¿por qué?»; y quizás, en el fondo, es esa la única pregunta que existe «¿por qué?». Finalmente, nada es un milagro, todo se reduce a otra cosa, aunque no lo entendamos así. «¿Por qué siento eso, por qué no puedo dejarlo? Es una mano, ¿y qué? Manos yo tengo, cada uno tiene, son muchas, son demasiadas». Pero la necesidad no lo abandonaba, y lo apremiaba cada vez más, sus zapatos se volvieron más pesados. «¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué tengo que respetarla y respetar sus gustos? ¿Por qué no puedo entregarme al infantilismo que nunca he abandonado y que me destruye? Mi destrucción como persona, mi construcción como yo… pero no, no puedo porque yo, solo, no valgo nada». Ahora sí, ahora que lo recordaba: «solo, no valgo nada». ¿Cuánto tiempo realmente pasó? No, claro que no se refería a la valía superficial que la gente entiende, se refería a la valía que sólo unos pocos pueden conocer y que carece de valor consensual y, para la vida en este mundo, no vale nada; y, ¿cómo permanecer en un valor que se funda y se agota en uno mismo? Pero tal vez ella lo comprendiera, ¿cómo saberlo? Es esa una pregunta que no puede ser formulada. «¿Qué es lo que vale?», no podría entender lo que quisiera saber de ella. Tal vez formulada de otra manera, tal vez, «¿por qué no te gusta que te tomen de la mano?» o «¿Por qué no quieres sentir el calor de mi cuerpo?» o «¿Por qué cuando estamos juntos siempre cierras los ojos?, ¿por qué cuando caminamos siempre miras tus pies?, ¿por qué no puedo entender lo que dices?, ¿por qué no puedo quedarme dentro de ti para siempre, por que no me devoras en la inversión de un parto?, ¿por qué no puedo meter mi mano en tu pecho y arrancarte el corazón, y hacerlo parte mi cuerpo cuando todavía está tibio?» Sí, tal vez cualquiera de esas habría resultado mejor; mejor que quedarse callado con una ardorcito quemante en el pecho con la boca del estómago desecha en un limbo sensorial de lo más molesto. De cualquier forma, lo que él sí sabía era su respuesta: porque así es. Esa fue siempre la respuesta en los hechos, y siempre lo será.

Sirvió su segunda taza de mezcal y reconoció en esa una causa perdida. No importa qué, no importa cómo, pero ella nunca iba a comprender la forma en que la quería; nunca, porque así no quieren las mujeres; nunca, porque ella nunca necesitó de veras; nunca, porque no podía comprehender a las personas como personas, sino como agentes, como algo que se hace, que no es; que se manifiestan, que no existe; que hace, que no dice; que mira, que no desea; que llora, que no sufre; que camina por los malecones mirando a los barcos que son agitados a mereced del mar —todavía—azul, no que se desgarra tratando de comprender la lógica de una relación que tiene su fundamento en el más arcano de los deseos y la forma en que ella comprende lo mismo y la causa de que para poder quererlo como él quiere que ella lo quiera tiene que destruirse primero la cause de que él la quiera como la quiere… O, por lo menos eso es lo que él supone.

Toma otro trago y ahora trata de averiguar, de conocer o de suponer la diferencia entre el amor (el verdadero amor) y el deseo (el verdadero deseo) del otro… o entre al amor vulgar y el deseo vulgar del otro. La diferencia entre recargar la cabeza en su regazo y sonreír sin poder evitarlo, sin siquiera pensar en eso, y el sentir sus piernas alrededor de sus caderas, empujando. La diferencia entre decirle “te amo” y la respiración entrecortada y jadeante en su oído.

Mientras, el olor fétido que viene del exterior se ha vuelto más intenso que el que viene de la hielera, y los automovilistas gritan y hacen ruidos sin el concurso de la inteligencia y sin poder advertir que sus vidas pasan, desfilan en una serie de desperdicios que no pueden percibir

[…]

14 de enero de 2009

Aphrodite Kallipygos: the waltz of the marvelous marbels


Si en cada capullo de piel fuera posible aprehender la substancia...


... lejos de las hojas caducas y de la corrupción de los frutos...


...sobrevolando por encima de los protocolos y de los maquillajes...


... y si pudiéramos preservar sólo la llama, el perfume, la voz...


...para llevarlas así a todas partes, como un collar bendito ...


...el arte no sería ya arte: ecos de vida transfigurada.

3 de enero de 2009

Canto ordinario


















La rosa florece en medio de la fuente.
Poco a poco se estira: alcanza finalmente al Sol.
Veo su sombra proyectada sobre la roca.
Toco mi rostro: se encuentra lleno de sal.

Muevo, uno por uno, mis dedos,
jinetes del desierto blanco.
Encaramado el viento sobre tu piel,
estremece los días y las horas.

Recuerdo aún las risas y el eco
y el mudo testigo, el Cielo.
Siento a la edad deslizarse, ligera,
suavemente entre nuestros huesos.

Hace frío: caen copos y arena
del reloj bermellón del crepúsculo.
Me mantengo en espera, erguido,
estoico y ebrio de miradas perdidas.

Un anciano cargando a un niño.
Bálsamo del corazón latente.
Anclo inútilmente mis sueños
sobre las olas fugaces de luz.

Se desata la lluvia implacable
de los sauces y de los calendarios.
Me encojo de hombros, despacio,
para no despertar a las ondas del agua.

Paso mi mano por tus cabellos.
Veleros que surcan los santos hilos.
Veo tus ojos, terribles hondonadas
de insospechado placer y misterio.

Inmóviles, nuestros cuerpos tiritan.
Llamas titilantes de un solo capricho.
Las escamas se desprenden, una a una.
Perdemos materia… la estrella polar.

Te abrazo, te absorbo, y me desintegro.
Calurosa fusión de simples impermanencias.
Se calla el pensamiento, sumergido en sí.
Sólo hablan la noche y los cuerpos.

Serpientes silbantes y necias
enredadas en el frágil momento.
Recorro tus piernas, tiernamente,
mientras la luna te arranca y te arrastra.

Vagos colores sobrevuelan el aire.
Formas que se descomponen y nacen.
La rueca que teje: incesante girar
que eternamente desgarra el vestido.

La rosa se marchita en medio de la fuente.
¿Era blanca, o gris, o negra?
Tus labios: ámbar que antes fue savia.
Mi cristal, talismán protector del olvido.

18 de diciembre de 2008

Cuestionario



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Una tenue brizna de naturalidad controlada; una intransigente y pasiva petición de principio, suave y educado arrojo. Así comienza esto. El lirismo pregunta al instinto: - ¿Quieres ojos? Te los daré sólo por esta tarde - . Largas piernas, altas y egipcianamente incólumes, dos deliciosos juncos entrecruzados del Nilo. Sobre un pequeño plato de porcelana, una taza de humeante café: aromático adorno de aquella estampa instantánea.



Acomoda el abrigo en el respaldo de la silla. Sus labios púrpura claro, de bordes casi demasiado carnosos, preguntan: - Entonces, ¿no estudiaste pintura ni dibujo en algún taller o escuela, verdad? - . Los enunciados circulan inútilmente alrededor de la mesa: son ropajes invisibles, telas carentes de pudor que dejan traslucir mediante cada parpadeo y mediante cada ondulante trago de saliva dibujado en los cuellos, la silueta de eso volcánico que hay en nosotros, el magma mismo de la indecencia imaginada.



Un par de personas abandonan, juntas, este amable lugar de reunión, aquel edificio bohemio y de elegante bullicio, mercadeo de los vapores y las voces, a las 7:48 PM.



En la obscuridad (que como dijere Bataille, nunca miente), luces vagas besan las superficies trémulas del templo del alma. Un eco, una mancha. Música del espejo de los perecederos e inmortales días. Las manos preguntan: - ¿Es por aquí por donde debo de ir? ¿O acaso mejor por este lado? - . Se olvida el decurso del río, la gravedad se apodera del sueño y lo somete a sus plantas. La noche se ha vuelto un sublime capullo, un fin en sí mismo. Todavía merodean algunos reproches, algunas gesticulaciones y ruidos innecesarios. Humanos, pero no demasiado. La incomodidad se pierde en la bruma. Un último y envidiable gemido que rompe, se instala y emigra. Después, el sedoso remanso se extiende, como corpóreo y cálido silencio.



Un pequeño ratón mira desde uno de los rincones del apartamento, a unas jóvenes figuras esbeltas y fantasmales que se visten, regresando eventualmente a la normalidad.



La puerta del 17-B se abre a las 7:53 AM. Nos abrazamos al despedirnos y huelo profundamente directo de sus delicados cabellos, esos grandiosos perfumes de soleadas sabanas y de sábanas blancas. Los motores se encienden lentamente, y las llantas comienzan gradualmente su marcha. Un último vistazo por el retrovisor, helado y opaco. Los rayos índigo de la madrugada hieren las cosas. El recuerdo pregunta: - ¿He sido soñado? - . Una honda sonrisa resuelve el enigma.

13 de diciembre de 2008

Confidence


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Not a single note
upon those layers of leaves.
A simple feeling vanished
all the way into the cold.
Black and white flowers together,
like a holy crown,
covering with amusing grace
every shame I felt.

Not a broken hearth.
Not a flag burned out.
Just this breath and grass.
The sky surrounding them.
Why did we always saw strangers?
Come here, do not be scared.
Sit down by my side, gently,
and let’s just see dew falling down.

Once I opened my throat so wide:
a flock of doves may dangerously escaped.
Hidden behind my solitude,
there is my son, there is my daughter.
Look at them. They are so mine.
Jumping, playing with the curtains.
Like a shuffling spirit
your hands does not touch me anymore.

Sacred bodies, orphan souls.
Scrupulously speaking,
please do not sail again your ship this way.
Off the shore, one chant: a view.
My cell-phone it is turned off.
Lights and tickles in my ear.
Hawks and spitting seeds.
Raisins of an ancient store.

That flashing human torch, you are.
These annoying spark, these flushes in my abs.
Those gardens beneath red horizons.
One minute of a deep-sweet-something.
Again, twilight smiles so quietly to me.
Once more, echoes appears so fast,
kissing the walls inside our heads.
Trembling, one long and silky neck is my only pray.

“A kingdom for a horse”, once he said.
Now I say: my kingdom for a woman. A real one.
The great parfum of a voice
and the elegance, the grace, of a walk.
Fantasy and sorrow mixed together
in this tragic-comedy of we.
We? I cannot smell a voice yet.
But I clearly listen to the steps.

And they are so loud, I had to say…

12 de diciembre de 2008

Ángela (fragmento)

[...] Noches que invadieron mi imaginación, como embarcaciones de tierras cenicientas, con imágenes profundas y vacías. Noches en las que olvidé todo: ¡todo! con dichas inconfesables y con un gato que miraba cómo se movían mis manos; ahora aquí, ahora allá. La ilusión del contacto aconteció no sé cuántas veces. Noche de luna clara y sosiego intranquilo: la tensión quieta de la vida. Noche de octubre en la que demuestro (falsamente) que es posible vivir sin nada, respirar y latir sin necesidad. Y lato, lato, lato, y la espera no es larga porque el sonido de los grillos se escabulle, bailando a través de la ventana mientras una vaga memoria del mar coquetea con mis ojos; y me ilumina. Y no tengo nada, no tengo sufrimiento, no tengo sonrisas cómplices, no tengo pestañeos nerviosos, ni tus ojos de haber visto todas las diferencias del mundo, tus ojos de poeta que pretenden saber todo, bendita imposibilidad de lo aprehensible, no tengo tu aliento a vino añejo ni tus brazos cubriendo mi cintura caliente, tu fuerza que me eleva de mí hacia mí y luego hacia ti, no tengo tu lengua probando la sal de mi cuerpo y mi cuello se contrae añorando la humedad de tu boca y mis piernas tiemblan sin tus manos que les llevan violencia y un temblor de pájaro que apenas deja el nido. No tengo ni la fortuna del tedio, no tengo siquiera deseo. Toco la casa y la casa toca el aire y el aire toca el sonido y el sonido te toca a ti y ya puedes sentir este abandono. Y amaneces al vacío, en la cama de algún hotel en México, y yo en la estúpida rue Fontan sin poder crepuscularme así. Porque dar todo, en mi caso, es darte Nada y no menos. Mi Nada, todas mis nadas, yo toda, toda para ti. Y tan lleno como eres, como de fuego un sol que no siente, lo tomas para que devengamos uno, me tomas aunque tomarme así implique hacerte vacío, echarte a perder, tú con tus palabras que se anulan en la caricia que estremece mi entrepierna, abierta, mojada, oliendo a ti, oliendo a pelo y a agua madura que no germina. Pobre, crees que sabes todo sobre mí y la verdad es que apenas empiezas. Yo voy a ser tu desaparición, tú te pierdes en mí, y yo plácida me encuentro así... fruición de disolverte, hacer solución tú y yo, tú adentro de mí, yo dentro de ti, yo mejor porque tú ni te das cuenta. Y amarte, amarte sin llamarlo así, porque eso no es, pero ¿qué mas va a ser perderme yo también en ti? Ahora tengo espirales de azul mortal y tensiones sonoras del trópico, de cualquier vórtice de alguna ola infinita, de alguna playa en la que hice que me hicieras tuya. Tengo las lucecitas en la rue Fontan, tengo las cenizas de mi padre, y yo sin saber qué hacer con ellas, tengo el piano, ese piano viejísimo en que tocaste a Charlie Parker cuando te conocí, sí el día que te dije que detestaba el jazz y tú con tu cara de conocedor-medio-profano-pero-culto-venido-a-más sin saber qué hacer y yo muriendo de risa por dentro, sólo probándote para que me trataras como a una estúpida, o de menos como a una de poco gusto, pero tú muy amable, seguiste tocando a Monk o a Gillespie, sin saber que tus manos me excitaban, sólo ahí, percutiendo las teclas y yo fumando para disimularme, para huir de ti sin poder, para evitar desearte y ahora ¿dónde estamos? Tengo a la gatita, Lola, la de Jacques, que me mira y se muere poco a poco. Y tú, transfiguras nuestras pobres vidas en sueños de niño que mira los faroles de la calle taciturna y estás repleto de voluntades de absoluto, tan falsas como cualquier filosofía y también así de verdaderas. Estás en busca de metáforas nuevas para representar tu propia vida, como hace todo lo vivo. ¿Será que triunfas? ¿Tal vez por encima de la vida misma? Pero yo tengo una gata blanca que va a morirse. Ella no me toca, no es nada para mí, pero me mira como tú me miras y a ella ya se le han agotado los tropos. Pero he tejido esta invisible armadura -más dura que cualquier metal- que se llama soledad. La he tejido como a una antigua fortaleza de agua y de sal, maestría del dolor que al desaparecer yo como una lluvia, ya no es ningún dolor. Y es que, como concluimos una vez, el dolor es la maestría de lo cotidiano, y la soledad la maestría de ese dolor. Ahora, jadear por un instante, perder la voz y sentir el aliento sureño de tus movimientos y el hálito frío de no ser nada; y tener la facultad casi divina de admirar callada la poesía de tu silencio. Y ese olor dulce a libro viejo y ese placer raro e inacabable de no saber qué danzas ni qué estaciones iluminarán las palabras. Noches de whisky y de ausencias de todo y marchitez de la vacuidad de esas noches, noches que hubiesen querido ser días, días gastados en absolutamente nada. Noches en las que fui y ya no soy, noches en las que fuiste y ya no eres. Pero noches también en las que fuimos y aún somos, eso sí. Eso sí. Una metáfora gastada. [...]

6 de diciembre de 2008

Amor Etéreo

«Hoy no dijo nada, ni salió, ni se asomó por la ventana, ni se levantó de la cama… es probable que no haya abierto los ojos todavía. ¿Y, por qué hoy? Ayer sí, hoy no, sin una razón que pueda hacerme comprenderlo.»

—Ahí está la libertad. La libertad para faltar a la mínima comprensión.

«Algo incomprensible es algo libre; pero hay que entenderlo como es debido. No significa que lo que no comprendamos es libre, sino que lo que no tiene comprensión posible lo es: es libre lo irreductible a otra persona… no, a otra persona no: es libre lo irreductible a otra consciencia.

»La libertad es esa distancia ontológica entre un yo y un tú. Por eso, con completo derecho de hacerlo, me manifiesto contundentemente contra la libertad mía, pero, principalmente y con gran desgarro del alma que alberga en este cuerpo, me manifiesto en contra de que las personas que quiero sean libres… la otras pueden hundirse en la mierda, con gran gusto de mi parte por poder enterarme de ello, pero con indiferencia hacia el fundamento de su actuar y de su ser.

»Particularmente ella, que no se ha levantado de su cama, ni ha abierto los ojos; particularmente ella, que no se levanta y que en su visión ciega del mundo no puede darse cuenta de que por lo menos hay una persona que en este momento ocupa todo su pensamiento en tratar de imaginarse su cara —una cara que es dulce, pero no dulce como el azúcar, sino dulce como vainilla— y el suave movimiento que sus labios hacen tratando de apaciguar alguno de los tormentos con los que sueña, y que ella no sabe que no son reales… Ah, si ella supiera que eso que la hace moverse no existe; y que existo yo, que no puedo dormir cuando ella duerme, porque me asusta que no vuelva de su mudo onírico y que pueda volver a dibujarse mi cara en sus ojos cafés, tan comunes como los míos, pero que están más allá que los de cualquiera; ojos que proyectan y reflejan al mismo tiempo…»

Así lo escribió en una hoja suelta que encontró; tomó un lápiz y se alegró porque con el grafito su letra parece mucho más bonita que con tinta. Así de superficial es este hombre, pequeño hombre entre los pequeños que ya no se afana en encontrarse porque se sabe perdido y entonces decidió que no tenía caso buscar una obscura esfera vacía y colocada a una distancia infinita con la que no podría hacer nada una vez encontrándola, y se le presentó la oportunidad de buscar una esfera igualmente vacía, pero recubierta de mil formas desconocidas e iluminada por lo colores más impredecibles, aunque a una distancia varias veces más infinita. Una búsqueda más entretenida, sin duda, porque aún si no la encontrará —como sabe que es imposible hacerlo— la sola contemplación de sus formas merece ocupar el tiempo que de todos modos se pierde.

Pero hoy no dijo nada, a pesar de que ella se comprometió a decirlo, no con palabras, es cierto, nunca le pronunció “mañana te lo diré”, pero nunca había hecho falta eso en los compromisos que hacían y asumían, o eso pensaba él, que siempre se hunde demasiado en su propia negrura y vacuidad interna. Tal vez lo olvidó, porque los pensamientos que no se dicen se olvidan rápido, y más rápido se van los que no sólo no se dicen, sino que no se piensan, y a penas se sienten… o tal vez eso se lo estaba diciendo. Si no se ha levantado, eso es un dicho en sí mismo… pero no, el compromiso era “mañana te lo diré”, él estaba seguro de eso.

Ayer, cuando después de atravesar la calle tapizada por una plasta pegajosa de origen incierto, se detuvieron enfrente del mercado de flores y él se quedó absorto por un rato, estaba pensando en ella. Contemplaba uno arreglo inacabado, al que estaban agregando unas gladiolas y que se agitaba como en protesta, y él pensaba solamente en la manera en que titubeaban las rosas y otras flores multicoloridas y sin nombre como buscando el lugar para el que habían nacido y como buscando que su muerte no fuera a terminar como si la primavera no tuviera un significado que llegue más allá de junio; y este pensamiento no era sino todo ella, la mujer que lo acompañaba y a la que él dedicaba, desde hace varias semanas, la mayoría de sus pensamientos y, en los últimos veinte minutos, absolutamente no hubo instante en el que no hubiera un ella que acompañara todas sus representaciones. Sin importarle las implicaciones kantiano-ficinianas que hayan surgido de esta condición de su conciencia, él permanecía en la contemplación del arreglo floran en proceso de su acabamiento, y en la idealización y adoración de la divinidad que es la mujer que lo acompaña. Mientras, al mismo tiempo, esa mujer que él ha endiosado está a su lado, percibiendo el ajetreo cotidiano de un mercado público ubicado en la acera de una avenida trazada por el demonio y atrapada entre los gritos más variados que casi tratan de imitar súplicas y sin olvidar la plasta pegajosa de la calle y ha empezado a frustrarse por la desatención en que la tiene él, que sólo se ocupa de las flores y quiere decirle “vámonos de aquí”, pero no se atreve. Si él quiere ver flores, que las vea; si no le importa estar aquí, en medio de tanta cosa hiriente, adelante; y también se da cuenta —porque es cierto— que él no piensa en ella. Y no es que no la tenga en mente, en cierto sentido, pero la mujer en la que mantiene ocupada su mente no cambia, es única y sólo puede ser contemplada; no existe, pero ella sí existe y soporta los olores fétidos que no sabe de dónde llegan y que ya han provocado que se arquee y se lleve las manos a la boca un par de veces. Y mientras él piensa —y siente sinceramente— que no puede encontrar una cosa que él no sea capaz de sacrificar por la comodidad de ella, que así se tratara de un capricho para que estuviera mínimamente más cómoda que implicara un sacrificio o renuncia importante de su parte, él lo haría; mientras eso pasa por su mente, cuando ve las flores, no es capaz de verla en su petición. Es verdad, ella, la que existe, tiene poca importancia, por lo menos cuando se enfrenta con ella, la que no existe.

«18:43. Todavía no se levanta», Escribe. Toma un sorbo de una tasa de té. «Es mentira que no sepa de su compromiso, lo que sucede es que no le importa si deja de cumplirlo. Pero, en cierto sentido, el que no lo valore es ya decir mucho.» Él se hunde cada vez más en una bruma de su negrura, como es costumbre suya hacerlo. «Está bien, si no quiere decir lo que debe decir, está bien. No importa que no tenga ni la cortesía de inventar un pretexto, no importa que no le importe saber que yo estoy aquí, desde la mañana, pensando en ella, que anoche cuidé sus sueños. Cuánta cobardía, cuánta…» Entonces estrelló su lápiz contra el papel y le destrozó la punta, sintió un calor en su estómago y ardor un poco más arriba, unas pocas náuseas, se tira al piso, estira sus brazos y aprieta los puños…

Ella, en su cama, con fiebre, ha vomitado varias veces y ha deseado que él pudiera acompañarla, pero no la ha llamado porque, si no se ha acercado para preguntarle por qué no se levanta, sin no le parece raro que a las 19:00 no se haya aparecido por el exterior ella, entonces, ¿cómo iba a importunarlo?

1 de diciembre de 2008

Domingos

Ver cómo se van las formidables configuraciones del tiempo se ha vuelto nuestro pasatiempo favorito. Nos hemos comido completamente, uno al otro, impulsándonos recíprocamente con dulzura y violencia de niños. Tú y yo ahora somos el actuar incesante de las tensiones inmedibles de una corriente del mar adriático. Nos apagamos con el duermevela del tiempo, sólo para encendernos de nuevo, espontáneamente, como los fuegos de un rayo, para ser nuevos y los de siempre, como los días y las horas. Me tomas y sonríes, me llevas a donde tú quieres y viene a coincidir tu querer con el mío, viene a coincidir tu amor con el mío, tu desaparición con la mía, tu desgarramiento con el mío, tu soledad con la mía. Venimos a ser tú y yo, venimos a ser formidables configuraciones del tiempo. Reparamos en nosotros mismos y la felicidad mía ha devenido la misma que la tuya. Así pasamos nuestros domingos.

Ángela (fragmento)

[…] Ángela: tú me miras como si las moléculas de tu piel no desearan unirse en esta cohesión misteriosa que es tu cuerpo y tu vientre se estremece. Ahí, perdidos entre nada, porque el espacio de la cama de dos que se aman, a veces es tanto como nada, nos tocamos con el frío que una noche de octubre ha levantado desde el suelo y la sombra del ciprés de tu patio y, Ángela, la noche nos cala los huesos, pero yo te aprieto contra mí y tú te fumas un cigarrillo. Me arrojas hacia esa esquina prohibida de la soledad que ahora se llama deseo y tu cama tiene una delicadeza inmóvil que me hace reír, pero sin querer. Tú preguntas enfadada “¿porqué te ríes?” y yo, que soy tan frágil como tú –porque tú eres un ave de cristal, que baila en los crepúsculos como una estrella muriente– nunca en mi vida he ignorado algo con tanta vehemencia. Y me dices que si estoy pensando en María, y me reclamas haber hablado por teléfono con Isabel, y me dices que cuando escribo no somos nadie, que la vida es otra cosa y que ya no importa si tú y yo poseemos la fuerza inconfesable de los niños, y yo sólo te miro, porque no sabes lo que duele que fumes así, que te suprimas como te suprimes ahora, que te esfumes como se esfuma la inocencia en tres instantes; el primero, el de la muerte, el segundo el del amor y el tercero el de la vida. Tus labios, que son fuego se callan y se marchitan en el silencio de unas hojas tristes de ciprés en otoño, y te mojas la mejilla sin querer y tu cigarro se termina, como se terminan las cosas, como se va un sol infinito y se quedan sólo las olas y el sonido breve y potente del olvido, de lo que no fue, de tu cama sin poder moverse, del reloj idiota que apunta que son las tres de la mañana y que nos perdemos en las sabanas, y nos perdemos en mirarnos, nos perdemos en perdernos, pero es que yo no puedo perderte. Siempre vuelves como una ola, acarreando sal y tú sabes salina, sabes amarga, sabes a cigarro y a que ya olvidaste porqué tu lengua me busca como un niño pequeño que tiembla ante el vacío.

Pasan las horas y nos buscamos, como las semillas el suelo… cayendo con una fe, infinita y germinal […]

Tazas

Se cayeron las tazas y los colores del suelo emanaron alguna especie de efluvio inmaterial con sabor a pérdida. Perdí la fe y ella se va. He vuelto a caer como cae una taza de café, negro y cargado, sin azúcar por favor. Ahora yo soy los pedazos quemados que buscan volver, algún día, a ser como el agua que se separa y se une con delicada indiferencia.

17 de noviembre de 2008

Escala amoris (después de leer a Miguel Hernández)


¡He allí al poeta que le canta a su amada!


¡He allí el poeta que, con el alma desgarrada, recoge los jirones de lo que todavía queda de ella para zurcirlos en versos y estrofas!


¡He allí al poeta, con los días nublados y las noches largas, ausente en su propio cuerpo, pues es otra su dueña!


¡He allí al poeta, ardiendo en desventura y helándose en solitario, desencantado del mundo por la falta de una mujer, de una fémina singular: la única para él en la tierra!


¡He allí al poeta, reclamando al Cielo y desgarrándose las ropas, vociferando en contra de la injusticia y del desequilibrio cósmicos, con la boca llena de despecho y de desasosiego, vomitando anhelos rotos y esperanzas vanas!


¡He allí al poeta, pobre miserable, apenas humano, arrastrándose en el suelo por un amor, por un querer imposible, o al menos, no realizado!


¡He allí al poeta, aquel triste ángel que ha perdido las alas y el rumbo de su vuelo! ¡Santificado seas, ser uranio y bendito! ¡Ahora mismo, he de unirme a tu elegía! ¡Aquí va mi dolor también!


Esgrimo un par de enunciados sobre el papel. Le doy de vueltas a un par de frases. Repaso una tras otra las imágenes sensuales que han conmocionado mi vida y las promesas de amor de mujer a lo largo de mi vida: ni una sola línea sale de mí con sinceridad, todo es emotividad forzada. He querido cantar, gritar, llorar, maldecir, y no he podido ¿Por qué? ¿Nunca he amado a una “ella”?


Veo al poeta abatido y rasguñado, tirado a los pies del mundo: lo miro con mudo respeto y empatía. Al mismo tiempo, rebelde, una parte de mí grita: - ¡Pero que ingenuidad la suya! ¡Qué poca visión, cuánta ceguera! ¡Es él mismo el que se ha hecho tanto daño! ¡Qué fanático, qué loco!


¿Es qué acaso no se ha dado cuenta del sagaz espejismo de los hombres, del voluptuoso fantasma de la infatuación llameante? ¿Es que acaso no ha volteado su cabeza hacia arriba y no ha dirigido sus ojos a la fuente primigenia, esa punta de pirámide de donde toda gracia y todo encanto provienen? ¿No es suficiente el resplandor de belleza que emana sobre todas las cosas?


¡Ea, poeta! ¡Despierta ya al mediodía, que a la que quieres no es a una, sino a todas y a ninguna! ¡Aspirad al todo y no a la parte! - .


Cada estímulo, cada señal, cada trozo de añoranza compartida: mi alma dividida en dos. Brusca oscilación entre Urania y Pandemia. El jardín de los senderos que se bifurcan.

11 de octubre de 2008

Let me see you stripped just for me...


Esa estoica invitación al jardín escondido:
translúcida y opaca, ligera cortina.
Descuidada emisora de humaredas perfumadas,
hipóstasis cotidiana de botines enterrados.

Una fría línea que hila con otra igual, astuta,
un bella proyección de edípica esfinge.
Mudo y hermético gesto y seña, símbolo,
rasgo que sólo muestra, que nunca dice.

Un rumor: temor al fuego, precaución al rosal
o quizás a la salvaje estocada… ¿quién lo sabe?
Un navío que surca el mar de los momentos
sin pretensión de detenerse en algún puerto.

De metafísica se apetece tejer estos versos
pues especular sólo puedo. Magna, cruel adivinanza.
Hacer girar teorías y tratados, axiomas, garabatos
alrededor de su núcleo, de su aura y su neblina.

Lo suyo, es mi creencia, no es mera marquesina:
aguarda y actúa un secreto. Limpio, honesto, constante.
Una cálida marea que no alteran los astros.
Un tímido arrecife que no rompen las olas.

Multitud de capullos y de botones se abren
a la menor provocación del colibrí o de Febo.
Sólo uno aguarda, prudente, en y por la sombra
preservando con celo su rojo y su miel.

Un cariñoso reflejo en la superficie, vibraciones
de los sabios peces que nadan en sus aguas.
Caprichosas formas que se mueven tras el biombo,
que sumen en la añoranza de su grito desnudo.

Ni el arco y la lira del tiempo y del contento
han podido extraer del tierno fondo alguna melodía.
Una vez frente al altar, prohibido el relicario,
aunque deambule el rey con humilde indumentaria.

Déjame verte… así. Nada más así. Sólo verte.

14 de septiembre de 2008

La última cena


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…Entonces él grita. Y todo se calma de nuevo. Desliza su mano por la pantorrilla… sube, sube y sube.

- ¿Quién eres ahora? – le pregunta de manera dulce.

El calor se mantiene. Pequeño remanso en la iracunda corriente. El sudor escurre, se dibuja en el lienzo. Son dos para las cinco. Las cortinas de vez en cuando dejan pasar la ambarina resolana, ingenua espectadora del ambicioso suceso.

Por fin se callaron los perros que ladraban afuera… ¿Qué se avecina? Nadie puede describirlo aún. El vidrio de la ventana, medio flojo, se tambalea solo con ayuda del viento. Y él sigue subiendo. Sus ojos arden, centellean en ellos demonios mitológicos y días del juicio, sodomía y misas negras en las que los invitados son obligados a lamer objetos irreconocibles y a fornicar con sujetos desconocidos.

Un increíble ruido sale de la femenina laringe de la víctima. No es convencional: resulta parecido a esos gemidos que emite el cisne durante sus últimos días en la tierra, o como un puerco vomitando la última sangre de su cuerpo, colgando cabeza abajo en algún rastro clandestino.

- ¿Te gusta?- vuelve a preguntarle.

Sus deliciosos y delicados hombros desnudos tiemblan, como la llama de la vela que accidentalmente se apagó ayer a la medianoche, cuando ambos todavía eran confidentes y contertulios, cuando aún no había revelado Cerbero sus otras dos cabezas. El victimario pasa la hoja afilada por su barbilla, le besa uno de sus dos pezones erectos; erectos ya por la adrenalina, ya por las horribles delicias que siguen haciendo estallar su carne interior, flagelada incisiva e insistentemente por las emociones sufridas durante las últimas veinte horas.

- ¿Quieres que cambie de canción?- insiste en entablar una conversación, inútilmente.

Una y otra vez se ha repetido en el reproductor, “The Downward Spiral” de Nine Inch Nails, sin descanso, durante todo el abrupto trayecto, produciendo ya una especie de efecto hipnótico en ambos que oscila entre la exacerbación y la náusea. Pero no importa. Todo está bajo control. Casi toda la extensión de su cuerpo ha sido besada y lamida, delicadamente, de manera angelical. Sólo algunas de sus partes han sido deliberadamente quemadas y cortadas. Pero es un pequeño sacrificio que hay que pagar por el hedonismo más elevado, por el más puro de los tantrismos.

- ¿Aprietan mucho las vendas, mi amor? ¿Quieres que las aflojemos?-.

Una mano, fuerte, como de piedra, toma una de sus nalgas y la acerca hacia él. Hace lo mismo con la otra. Dirige una mirada explosiva al techo, santificando aquel día y aquellas cuatro paredes que apadrinaron su obra. Por doceava vez consecutiva, la penetra: una vez por cada apóstol de Cristo. No requiere más que de algunos minutos para recuperar su energía y su rigidez entre apóstol y apóstol. Su bestial aliento emerge con cada exhalación, rojo púrpura invisible, como de una chimenea del Tártaro: sólo las moscas y los muertos pueden verlo. Permanece vedada para los normales semejante fluorescencia. Se rompe la porcelana contra el acantilado. Se desgarra la seda al pasar junto a las espinas del rosal abandonado.

- ¿Recuerdas lo mejor de tu vida ahora, linda?- vomita risueño.

Los ojos desorbitados y lacrimosos de la joven, expelen un olor crispado de dolor insoportable y de desbordante placer que, junto a sus pechos blancos y redondos que penden de su tronco y sus alargadas y curvilíneas piernas que yacen flexionadas, conforman la poesía estridentista más bella que jamás se ha escrito, el pañuelo mejor bordado de toda Europa, de toda Asia. Sólo dos días antes su amable e ingenua vocecilla le había invitado, a aquel pulcro y enigmático mancebo, a cenar a su apartamento. Sería divertido, agradable. Dos botellas del mejor vino, un pavo horneado que perduraría en su paladar mnemotécnico toda su vida. Coito. Un affaire. Eso era todo. Pero es mejor no confiar siempre en la costumbre: a veces los presentimientos emiten palabras más profundas, más duraderas. A veces ver por el ojo de la cerradura no basta.

- El pavo estuvo delicioso, he de admitirlo. Eres buena cocinera, anfitriona, y amante sin duda. Aunque el vino… mmmhh… no sé… dejó un poco que desear. ¿Qué cosecha dices que era? - .

Un movimiento rápido sobre el cuello. Un último beso en la frente. Una úlcera en el corazón. Una paloma blanca escapa presurosa de la alcoba. Largos y rubios cabellos adornan la alfombra persa, manchada de juventud. Limpia su hoja en las sábanas santas. La enfunda. Se levanta. Se marcha. El reproductor sigue tocando…

He escuchado que no hay mejor manera de conocerse mutuamente en la intimidad que jugando al equilibrista sobre los bordes de la sensación misma, desnuda de toda pretensión y de toda significación: la escenografía entera se cae y es posible asomarse tras bambalinas. Al menos eso es lo que se dice…

13 de septiembre de 2008

···

En el tiempo hay una parte vacía, que no es posible rellenar con llanto, por lo que es necesario rellenarla con una manía inconfesa de alcanzar el insondable infinito que implica la existencia de alguien más. Y, ¿qué es esa cosa que pasa con nosotros? ¿Qué más da la vereda que se escoja para llegar al inevitable precipicio? Y, sin embargo, aquí estamos, firmes y decididos a encontrar algo que siempre se nos ha presentado como inexistente: la satisfacción. ¿Satisfacción de qué? No importa en absoluto: satisfacción de una carencia en cada caso (y si alguien se atreve a hacer la pregunta necia, la respondo: carecemos de todo, excepto de nosotros mismos, quiero decir, de nuestra compañía). ¿A dónde llevamos todo esto? ¿Por qué nos odian?

También se sabe que a las únicas personas a las que realmente podemos hacerles daño son a las que nos quieren, a las que confían en nosotros ¿Por qué confiar? ¿Por qué no? Es necesario para vivir; es, la mayoría de las veces, por pura comodidad, para ahorrarnos el trabajo que implica desconfiar. Obviamente, no les confiamos la vida, mi vida se la confío únicamente a ella, a quien no le puedo negar algo que no me pide, pero ahí mismo está la cuestión ¿Qué vale el que yo le dé mi vida, si no puedo no hacerlo? Y, antes que todo, perder, para siempre perder.¿Dónde, dónde, dónde está?

23 de agosto de 2008

Infancia

En un tropel inesperado que ahora baja por la buhardilla, mientras el coro de pianos, voces, guitarras y gritos inundan el lugar, no puedo creer que aparezcas. Martín permanece con Muriel, acariciándose las manos mutuamente, sin darse cuenta por encima del griterío que allí estás, que permaneces con tu collar de rubíes falsos de siempre (la sempiterna voz de mamá llega a mí a través de tu mirada, profunda y extrañada) y entiendo quién eres, hermana mía.

Todos siguen entonando canciones y algunos cuantos se besan, o simplemente charlan en alguna esquina o alguna mesita de mármol, al compás de las luces caóticas de nuestro recinto, las luces rojas y verdes y anaranjadas y amarillas y azules de este lugar, tan dado a la extinción y al olvido. Aldo, con su saco café, sus gafas que recuerdan a algún galán francés en algún bar sepultado, escribe, escribe, escribe y tambalea las flores mullidas y dobladas (tulipanes) que ha poco Angélica le ha rechazado. (Ella, mirando al cielo, fingiendo no reparar en el presente, le ha dicho:

>>)(ANGÉLICA: –Usted vuela sobre aires y redes que a mí me sofocan y hacen arder la piel. Ojalá pudiera yo compartir sus intenciones de terciopelo, de satín y de seda; sus miradas desbocadas que alumbran puentes de textura salina entre usted y yo. ¿Me comprende? Soy frágil como una luz mortecina, el azul de mis ojos se lo confirma con cada suspiro; temo romper sus artificios con mi trémula movilidad, parecida a la de un colibrí, que describe y descifra con abatimiento de alas y aritméticas, los enigmas del espacio.–)
>>)(ALDO: –Estas flores son el cadalso y la aldaba, el pestillo y también la discreta llave. No hace falta que yo mire sus ojos, sino que usted mire los míos (un poco de gato y un poco de fuego). Comprenda que no hace falta deshilvanar distancias, ni aún componer los hilos fosforescentes que insuflan el espacio que usted y yo habitamos. Es cuestión de regocijo y de melodía, de fiesta {y} de vecindad, de lumbre y cadencia, usted y yo, usted y yo, usted y yo.>>).

Y es esto lo que Aldo escribe y lo que Angélica piensa. Y me incluyen a mí, que te miro escuchando la distancia y la música, y a ti, que te detienes como una eternidad sobre la escalera de madera, con tu presencia de madera que en cualquier momento hará combustión y me abrasará.

Muriel y Martín te han mirado ya y desdibujan, por encima del clamor violento y rebelde de la música, las imágenes que antes, meramente ideales, ahora transparecen efectivas, en abrazos y besos hacia ti, transformadas en materia, y tú respondes con la misma transposición, luminosa y feliz de verlos de nuevo, tu hogar, tu hogar, al fin tu hogar. Los pianos atrabancados gritan y es en verdad goce lo que los une a las manos implacables y enloquecidas de mis mejores amigos músicos, unos locos de remate, de Schoenberg y de Viena (igual que Schoenberg).

(Nietzsche dijo, aunque ya todos lo mastiquen sin reparar en el sabor y la textura, y aunque cualquiera finja saberlo, “La vida sin música sería un error”. Pero la música sin vida es lo mismo y yo quiero vivir aquí, en esta morada sin bocinas, con las cuerdas y los saxofones y los coros de voces que se vuelven verdades irrevocables para cualquiera como yo y como tú.)

Y la horda de verdades desemboca en ti, que saludas a todos los viejos amigos y con gracilidad de ave llevas memorias a todos, como una aurora añorada desde lejanías de tiempo y distancia, la misma , la misma, la misma.

Abajo en mis zapatos aún resuenan las olas que nos mecieron a ti y a mí, con un fragor inaudible, la primera vez que nos vimos, como si desde entonces un mar mudo e inmóvil hubiese inundado el mundo entero, cubriéndonos y enlazándolos por medio de ocultas cadenas de esferas de agua, de aire, de tierra y de fuego. (Así, cuando alguno de los dos agitara la mano, sintiendo miedo, el otro lo sabría en cualquier lugar).

Martín, con su innegable presencia deslumbrante, y Muriel, con su encanto inexplicable y sutil, se despiden de todos, agitando brazos mientras todo el mundo baila, descontroladamente, apurando vasos y fumando cigarrillos, sosteniendo conversaciones mundanas y no, hojeando los libros sobre las terribles imágenes de Goya y las otras desenfrenadas de algún pintor holandés, sobre la poesía oculta tras un árbol de Varo y el surrealismo, sobre el cinismo y la vanguardia de Hirst y de Barney. Angélica ahora entra por la escalera y se queda mirando a Aldo, que la observa fijamente.

¡Milagro de la simetría!

“Eres una perla secreta, cuya verdadera ubicación sólo yo conozco, ajena al bullicio de la festividad circundante; tu secreta existencia es un faro al que nunca llegaré (eso lo sé muy bien, mi jazzgirl) pero cuya luz brilla con intensidad, siempre, siempre, siempre.”

Contigo (con esa constancia de torre inmarcesible) ninguna angustia ni ningún miedo pueden atemorizarme, porque te quedas aquí y yo me quedo contigo, en cualquier lugar. Me das una confianza que sólo hombres antiguos conocieron, pero tú no eres un Dios, terrible e imposible, sino carne, cómplice de mi sangre y de mi espíritu.

Aldo y Angélica estarán bien. A ella le agrada jugar, como si cazara algo, como una abeja reina completamente sola y aún así llena de riquezas. A él le gusta el sufrimiento como una práctica de vuelo, se eleva y en verdad flota por encima de todo y alcanza alturas imprevistas cuando se flirtea con el dolor. Y así, ella tiene un poco de ave y él un poco de abeja. (¿Pero y si todo esto muriera? Tú no podrías negarlo en serio y sin embargo eres una niña y serías pródiga hasta con la muerte y hasta con los plenos y ricos de espíritu. Eres digna y hasta perdonas la arrogancia de quien es verdaderamente grande. ¿No será que, en medio de este salón desvencijado y lleno de humo, tú también eres grande y te alzas, inmensa, por encima de nosotros, cubriéndonos a todos? ¿No sentirías tú también vergüenza de no ser digna de tu propia grandeza?

Claro que todo esto no ha pasado esta noche y todo esto yo no lo sé (¿cómo podría saberlo?) pero es la verdad, como sabrás (y ahora te guiño los ojos: “como tú quieras quiero”).

Lo que importa es que estamos aquí, ahora, ahora, ahora. Fatales, como una brisa de verano, nos hemos encontrado. Tú sonríes y miras, como esperando. Yo te miro con ojos entornados, como sin poder creer que eres la misma, ¡la misma! La misma. Y yo, yo, yo permanezco callado, contigo. Es una seriedad exquisita.

Y así, nos rodeamos con los brazos, a través de separaciones irreales y por encima de los hombros vemos, como encerrados dentro de una esfera hecha de espejos. Vaya felicidad. Tu honestidad me pone así. ¡Con qué ojos infantiles te miro!

Una niña, como hecha de flores pregunta: ¿qué quiere decir ahora? ¿Qué quiere decir tiempo? ¿Qué quiere decir siempre y nunca y luego?

Estamos así, ahora y aquí, no importa más. Y aquí hacemos una digresión con Platón y sus Ideas y también en contra de algún Borges trasnochador: el molde es la cosa misma y la cosa es también el molde. El café, las notas del piano, la sonrisa, la pluma, el azúcar, los amigos, el cigarrillo, la servilleta, el humo, la carcajada, la lágrima, el techo, el verde, el faro, las flores, la metáfora, la cajita, el castaño, la inocencia, el abrigo, la pintura, la mirada, el ruido (y el fondo), la risa, el cuaderno, la taza.

Así deben ser los funerales, como una fiesta que celebra con vehemencia la vida y la muerte: tú y yo; yo y tú.