Como mota de polvo se viaja
de asiento en asiento y de ventana en ventana,
de papel en papel, de persona en persona;
sólo hasta que el cuerpo estira
el mejor de sus brazos: la llamada alma.
Amanece en mis ojos entonces
la efigie ajena de tu mirada honda.
A menudo una mota de polvo cae, azarosa,
sobre las tranquilas aguas del sosiego beato,
trémulas y conocidas fuentes
que refrescan y amontonan célibes las ansias;
y tras la blanquecina faz de la hora exacta,
un amor nos hace señas,
pequeñas y discretas,
sin levantar la voz en demasía.
A veces, de entre las flores marchitas,
se yergue un embrión de cristal,
embrión dulce y curvilíneo
como el humo de tu pelo
y las olas de tus hombros.
Transparente, igual que los primeros besos,
se entra y se bebe de un trago
el rayo de luz que penetra
como saeta fina y afilada,
alabarda radiante y rectilínea,
hacia adentro de mi alcoba.
Rayo de luz que es tu presencia:
tus vestidos diarios, tu sonrisa ingenua.
Labios carnosos y desesperados,
desgajadas camas rojas,
piel que grita, que exclama,
la sazón del mundo y de las cosas.
Un motivo que deambula vagabundo, ciego,
por debajo de las piernas infinitas
que marchan, a trote y comparsa,
sobre la gran planicie de la vida diaria.
Esa alba y espumosa ilusión llamada libertad.
Justo ahora, en este instante, frente a ti,
sucumbo hipnotizado ante tu rostro,
rostro que no sólo es tu rostro:
es también el eco de milenios abultados,
serie incompleta de cerámica impoluta,
reflejo metálico de eslabones muertos
y de otros aún no vivos, igual de bellos que tú.
Eres radiografía tersa, ardiente, inquilina
del piano batiente de Satie
y de las cortinas de satín de Schiele.
Nostalgia y deseo: los hermanos gemelos.
Celosos de las manos y de los pies de ambos,
los caprichos propios se sublevan y se aplacan.
Un ídolo sube a la tarima después de otro,
a cada asomo del erótico fantasma,
imagen proyectada impertinente, en cualquier parte,
sobre tacones de aguja o zapatillas,
encarnada en una musa momentánea.
Sí: me refiero a ti… y a ninguna.
¿O es que acaso la belleza es monopolio?
Quizás no… pero hoy sí.
Hoy te alzas, magnífica,
como pino estoico en medio del follaje
para sosiego de uno solo: yo, que soy tu espejo.
Espejo cóncavo que alberga
la verdad de tu gracia, sumergida
dentro de los pozos ignotos y brumosos
que hay detrás de lo evidente.
Hoy el hilo no se corta
ni los puentes se levantan.
Hoy se incendia el susurro
sobre el suave almizcle de tu sudor bendito,
hechizo de desnudez y de confort inocuo,
ígneas marejadas, voraces, destructoras
de los erectos y soberbios faros del entendimiento.
Es así como uno sabe que no sabe,
que las hojas caen sin que uno se lo ordene,
que la gloria canta en el lecho de tu carne,
en los jardines-espejismo de nuestras alegrías.
Mañana bailaremos, de nuevo, en forma de polvo,
con pausados vaivenes e inesperados compases
sobre la sinfonía continua de la eternidad de viento.
- A veces pienso que la única cosa que nos mantiene juntos es la música. No puedo concebir lo nuestro de otra manera, no encuentro mejor explicación que esa. El gusto por la ópera, por ejemplo. Y nada más.
- ¿Nada más eso?
-Pues así me parece a veces, y de hecho muy a menudo. Si te fijas bien, allí quedan resumidos todos nuestros sentimientos y todos nuestros intereses mutuos: en la ópera. Ponte a pensar en eso.
- Eres un exagerado. Me niego a aceptar que sólo sea eso.
- No, pues yo también me niego a creerlo, pero parece que así es ¿Qué? ¿Te parece poca cosa lo que te acabo de decir?
- No, no me lo parece. Nada más que no puedo aceptar que todo lo que sentimos y lo que somos juntos termine representado sólo por nuestras preferencias musicales. Es absurdo.
- Es que no comprendes la magnitud del problema, la profundidad del asunto.
- Puede ser… aunque lo dudo.
- Ven acá. Dame un beso.
Así comenzó la noche de ese día. La música permanecía en su reproducción fugándose por las bocinas, llenando el apartamento de resonancias soberbias, de resoplidos y cuerdazos simétricos, grandilocuentes; de esas modulaciones de voz que atraviesan la piel y penetran en la médula, como astillas clavadas en los dedos de un niño curioso jugando con un madero. Allí, recostados sobre el diván, sus cuerpos desnudos retozaban juguetonamente y sus ojos se clavaban de vez en cuando en el hipnótico péndulo del reloj viejo colgado sobre la pared, regalo del abuelo. Así permanecían un buen rato, como suspendidos sobre la habitación, hasta que aquel hechizo paralizante se rompía de manera súbita y volvían a las andadas un poco más enérgicos que antes.
- Te repito que con frecuencia me pregunto qué demonios es lo que nos mantiene juntos. No estoy jodiendo: lo digo con toda seriedad (Da una fumada a su cigarro, exhala el humo y deja el cilindro sobre el cenicero). Por ejemplo, a ti te encanta pasear por el parque en las mañanas, junto al quiosco ése; correr como gacelita espantada, con paso jogging y tus Adidas, con tus mallas ajustadas y tu sudadera azul zafiro. Y yo aborrezco las caminatas. Tú lo sabes bien.
- No tienes qué recordármelo.
- Te ves muy bien de mallas, no lo puedo negar. Tienes muy bonitas piernas, atléticas, bien formadas… exquisitas, casi diría. Pero no es mi estilo. No es mi estilo ése, el del sporty way of life. Y en cambio, el tuyo sí. Ya me han señalado varios esa cuestión, que dicen que no creen que estemos juntos. Y de repente a mi también me extraña eso. Me cuesta trabajo.
- Déjalos que digan.
- Sí, sí, claro… que digan. Pero no es nada más eso. Una de mis fascinaciones, por ejemplo, es el vino, el alcohol, la bebida: soy vasallo de Dionisos dirían por allí, jajaja… En cambio, tú eres abstemia, y te duermes por lo regular a las diez de la noche, casi en punto. Yo soy un vampiro, no me duermo antes de las tres de la mañana, todos los días… y si hay fiesta, empeoran las cosas ¿No te parece extraño todo este embrollo?
- Así fui educada. Así crecimos, no es la gran cosa. Déjame ya de joder.
- Es que no es joder. Es en serio. Piénsale. Odio la vida familiar, y tú la buscas como un jodido tesoro: eres una niña mimada, de eso no hay duda. Está bien, no te estoy criticando en lo absoluto, pero en serio, piénsale. Te gustan mucho los gatos, y a mi me provocan alergia. Ese fue un problema al venirnos acá, ¿recuerdas?
- Sí.
- ¿Ves? Me encantan tus senos, míralos, tan tiernos y suaves (Un tierno beso se posa en cada aureola)… y tú en cambio no paras de quejarte de ellos, e incluso piensas en operártelos.
- Les falta “esfericidad”. No es el tamaño. Ya te lo he explicado.
- Lo que sea. Incluso en lo más elemental. Por ejemplo, cuando te miro de frente, directo a los ojos, tú agachas la cabeza, bajas la mirada como tímida puberta. En cambio, en muy raras ocasiones, cuando te sorprendo mirándome a los míos, no dejo de sostenerte la mirada, como queriéndolos absorberte, tragarte como un hoyo negro a través de mis cuencas. Y Luego tú vuelves a agachar la cabeza.
- ¿Y eso qué? Eso no significa nada. Tienes la mirada pesada. Eso es todo.
- Tú crees que no significa nada. Pero yo no lo creo. No es así de fácil.
- Piensas demasiado… y a lo estúpido. Ven, abrázame.
Una pierna entrelazada sobre otra, de diferente textura, una más morena que otra, una más bella y más sólida que otra, apretujándose, estrangulándose placenteramente como dos ofidios deslizándose hacia la copa de los árboles desde la base del tronco. Un brazo fuerte, ancho, y luego el otro, cercando suavemente una estrecha cintura, la cual sirve de base a unas pródigas caderas, amalgama de hueso y músculo finamente esculpida, digna de ser exhibida. Así permanecieron las cosas… veinticinco, quizás treinta minutos. Todo en calma, sin perturbaciones, todo bajo la cálida sábana del etéreo silencio que brinda la compañía del sexo opuesto, aquel momento en el que todo está en su lugar correcto, en el que nada falta ni nada sobra, en que se respira mejor el aire y en el que el hambre y el sueño escapan corriendo por la puerta, huyendo de su miseria, como cegados por una fulgurante luz que los impacta de lleno. Un mosquito impertinente se posa de pronto sobre la nariz de alguien, y ese alguien abre la boca de nuevo, moviéndola repetidas veces junto con su lengua de manera súbita.
- Es que en serio me resulta increíble nuestra situación. No tenemos casi nada en común ¿Te das cuenta? ¡Casi nada! Por eso llegué a la conclusión de que lo único que nos mantiene unidos es la música, lo que sentimos y traemos a cuenta con ella, gracias a su influjo. Porque… ¿si no, qué es?
- ¿Quieres dejar ya eso? Empiezo a ponerme incómoda. Sólo déjalo y ya.
- Sí, sí, de acuerdo… sólo… recuerda… recuerda por ejemplo, el día en que te conocí. Los amigos con los que venías no eran precisamente del tipo de…
- ¡Que te calles ya, con un carajo! ¡Cállate ya! ¡Ya!
Sus miradas se intercambiaron, una llena de desprecio hacia la otra, emulando así el fin de los tiempos, un simulacro del ocaso de un fragmento breve de felicidad que se había abierto paso hasta hace poco, expandiéndose gradualmente hasta tocar todos los rincones del cuarto que habitaban. Allí pudo haber terminado todo: la frágil cuerda pudo haberse tensado de más y romperse para siempre, de una vez por todas, como otras cien mil cuerdas se rompen, una y otra vez, todos los días. Pero no se rompió. Permaneció allí, tensa, a punto de romperse, pero acoplada en su tensión, increíblemente sostenida, como por manos de ángeles o de algún agente externo e invisible que impedía cualquier tipo de catástrofe, cualquier tipo de disolución.
Por las mentes de ambas criaturas cruzaron todos los momentos previos de desacoplamiento, de inconformidad y de caprichos injustificados que terminaban en enojo, de diferencias insalvables bajo las cuales parecía imposible la convivencia mutua… pero, como ya se dijo, nada terrible ocurrió. Una gota más de lluvia. Un sorprendente equilibrio sobre la balanza que sopesa los días y las horas, con precisión impecable. Justo en aquel momento ardientemente obscuro de tensión, logró escaparse de repente un crescendo cúspide del Thaïs de Massenet del reproductor en curso, incrustándose de lleno en sus, en ese momento, frágiles y desnudos corazones, más desnudos incluso que sus cuerpos.
Sin aliento, se miraron inocentemente a los ojos, de manera espontánea y casi por inercia. Ella bajó la mirada rápidamente, agachó la cabeza poco a poco incrustándose finalmente en el regazo ajeno, como de costumbre, con más ternura y suavidad que nunca. Él respondió no menos impetuosamente, de manera recíproca. El reloj de péndulo marcó entonces las diez de la noche. Después de diez o quince minutos, uno de ellos se quedó dormido sobre el otro, igual que sucedía por lo general todos los días a esa misma hora. El otro se quedó despierto un rato más, mirando hacia la nada dulce y apaciguadamente, como quien mira el mar, como el que observa penetrantemente algo sublime y misterioso que lo rebasa por completo.
Móviles de nuestros deseos más básicos y de nuestros más inconcientes impulsos, aquellos furiosos corceles negros del carruaje anímico, todavía nos atrevemos puerilmente a oponer resistencia día con día. Una resistencia inocua, irrisoria, madre de todas las filosofías y de todos los caminos de redención: un "no" contundente al pecado, a la ignorancia, al error, al exceso, al azar, a la indeterminación. Nuestra inocencia es suprema para aquellos que no sabemos dejarnos arrastrar por los mares desbocados de la lascivia y por las borrascas hirvientes de la carnalidad acendrada. "Mi pedestal es la razón, el buen juicio, la vida bienaventurada": almas rebeldes que tarde o temprano serán desmembradas por los buitres, cruel y lentamente, hasta que sólo queden de ellas, como osamenta ornamental, sus ideales sobre la seca tierra.
De manera indiscutible todos sabemos que la estupidez es la reina imperecedera del mundo, y también que sabe muy bien cómo castigar a aquellos que no sepan arrodillarse ante su trono. La hipocresía, el engaño, la farsa y el simulacro son los artilugios más socorridos del que se sirve su séquito entero para conseguir sus jugosos fines (entre ellos mismos y de vez en cuando con algún desventurado "otro"), que no son distintos que nadar entre placeres inmediatos y perderse en la ignominia de la miope voluptuosidad. Vulgaridad: naturaleza humana que el rebelde no puede resignarse a aceptar, y no porque no quiera, sino simplemente porque no puede hacerlo. No podemos volar, no podemos respirar bajo el agua, no podemos amar y olvidar al mismo tiempo.
Rebeldes: viles piezas de un ajedrez de sangre y de inercia de un juego que termina pronto para casi todos, pero que para nosotros no parece terminar nunca. El miedo irresoluble de perderlo todo en un simple juego, de salir herido siempre de una batalla que nunca se gana por carecer de estrategias, que siempre se pierde por ser transparente, una batalla en la que a veces el oponente nunca se entera que fue tal, siervo obediente de Su Majestad mundana, insensible talador (a) de bosques, imbécil cazador (a) de ballenas. El rebelde se toma demasiado en serio el juego, se arriesga demasiado de entrada en una mesa rodeada de tontos. Desproporción cruda y abrumadora del batallón de los cien mil corsarios.
Mientras tanto, el coro del teatro interior clama por una, por otra y por otra cosa, ad infinitum, de manera despiadada ¿Qué hay detrás del jolgorio de las festivas urracas parlanchinas, detrás de las pétreas puertas que aparentan resguardar las intimidades más interesantes y los sentimientos más delicados y más finos? Nada: paja, maniquíes usados, bodegas vacías. La belleza físonómica es la mejor carnada inherente del instinto, la más cruel de las decepciones para el intelecto. El rebelde sabe esto y escupe sobre la superficie de los bellos lienzos y las bellas estructuras con su desprecio y su desinterés innatos, pero no puede evitar caer de vez en cuando, de vez en siempre, en estas redes de lo inmediato. Ser rebelde no significa ser fuerte, ser inmune a las picaduras de las avispas. Muy al contrario: es la debilidad suprema del hombre.
*
Vida social: función bufonesca de risotadas y de aspavientos que no llevan a ninguna parte, pues no hay en realidad a dónde ir. Bailes torpes de máscaras de yeso y de cristal opaco que se caen a pedazos con la espuma de la cebada y la llamarada del centeno, con el aroma fragante de la uva madura y el vaho pesado del agave, revelando los rostros desfigurados de la ebriedad circundante, rasgo más identificable del orden natural, o sea, la estupidez. De pronto no hay santidad ni perversión: sólo hay besos, caricias, actos reflejos de antílopes a punto de ser cazados por un león hambriento. La hora del carnero y la del cordero se confunden en un vórtice desmesurado para el rebelde: la virtud y el vicio se escurren y se esfuman en una amalgama de estupideces y de prejuicios nublados, de tropiezos y de tartamudeos sobre el lienzo de lo real: la historia personal del rebelde se escribe siempre con ceguera, siempre un paso por detrás de la pertinencia, siempre demasiado inmaduro o demasiado maduro, siempre demasiado ignorante o demasiado sabio, siempre demasiado joven para las almas degradadas y siempre demasiado viejo para los noveles cuerpos en ebullición. Entre dos mares, varados, nos encontramos, ondeando nuestra bandera roja enmedio de la nada.
*
Uno quiere algo, y después lo rechaza cuando lo obtiene. Se desea fervientemente beber de la cantimplora en medio del ardiente desierto. Finalmente, la cantimplora está allí, en nuestras manos: ¿quién quiere agua? Yo no. Ya no. El síndrome de la eterna insatisfacción, del incesante rechazo de lo que se ofrece, y la incesante búsqueda de lo que se anhela de manera perseverante: el dhukka durmiente que el Sakyamuni, necio príncipe de la rebeldía, fotografió magistralmente. Ahora Mara se burla descaradamente desde su lecho de impermanencia. ¿Para qué se nos da deseo, si no podemos satisfacerlo? ¿Para qué el fuego, si no podemos ni cocinar, ni calentarnos, ni alumbrar la cueva, ni quemar a alguien?
¡Basta de teorías y de creencias, de valores y de cultura cohersitiva, de anclas y de boyas que nos pretendan mantener en los territorios seguros, en la linde de las humanidades! ¡Jajaja! ¿Humanidades? ¡La humanidad es lo que hasta ahora se ha conocido como la inhumanidad! ¡Eso es! ¡Basta de todo esto! ¿Basta? Imposible: el vocablo "rebeldía" permanece inscrito en nuestras frentes, en nuestros brazos, en nuestro pecho. Ser rebelde no es cuestión de elección: ¡nadie quiere ser rebelde! ¡Cuantiosa estupidez, pretensión de santos y de "hombres de bien"! ¡Todos queremos ser súbditos: disfrutar de los suaves perfumes y de las sedosas texturas, de las suaves pieles, de la miel de los besos y de las palpitantes sombras de las piernas y las espaldas, de los senos y de los firmes músculos, de los caprichosos mentones y de los estilizados cuellos. Queremos derretirnos en el tiempo sin acordarnos de él, sin saber quién, ni cuándo, ni dónde, ni porqué. La rebeldía también es miedo: miedo al dolor, a la crueldad injustificada, a la pérdida de espejismos fundamentales.
Se nos fue dada la capacidad de desear, y al mismo tiempo la capacidad de razonar. Y por si fuera poco, la capacidad de sentir, de compadecernos del otro ¿Qué se hace con esa contradictoria mezcla? ¡Qué descuido! ¿Cómo fue posible tal atrocidad, tal imperfección, tal defecto de fábrica? ¿Cómo es posible disfrutar al sufrir de esa manera? Para el rebelde, el erotismo no será sino una promesa siempre incumplida, un eslabón siempre roto, una isla lejana sin botes cercanos. Un simple dibujo borroso en la arena de lo posible. Sigue, rebelde, tirando tus piedras al mar, sigue dibujando poemas y escribiendo paisajes de lo que nunca podrás aprehender: sigue arrastrando tu condena en estos lares de claroscuro, de torbellinos y de brisas, hasta cumplirla con éxito. Hay más rebeldes como tú: síganse los pasos, procuren no apartarse nunca unos de otros. Sigan hasta la muerte, de frente y sin miedo, hasta el fin de los tiempos...
Desde el lapislázuli aliento del tiempo instanciado y del eco de las carcajadas frías, oye el infante el galope sanguíneo. Tierra inextensa de soles y de caireles que se tienden como espejos, espejos que transmutan los ojos en vapor y en sueños de libélula. Un arcaico pensamiento atraviesa como daga la carne blanda del momento: de ese momento ígneo y húmedo a la vez, estandarte de rostros pasados y de futuros vientres prominentes. Sacrilegio en tu piel, territorio de belicosas sacudidas y de amables cosechas de Marzo. Mecen las manos del aire aquellas macizas espigas, erectas, bailarinas en estoica pose. El huevo dorado se rompe, y emerge nuevo y eterno el universo y sus astillas flotantes: brillo en un grano de arena. Crisol de sensaciones y motivos, encrucijada de instantes: tú la Samarkanda de mis horas.
You might be a big fish in a little poem. You may stay in silence surfing on a cloud. You must paint the forest with both of your eyes. You could keep this bottle inside of my heart.
You should taste the sunshine by the lonely beach. You should smell these flowers and fly like a bee. You should sing our anthem from a crystal boat. You should bless my forehead with a burning kiss.
You can be a lot of things. You can live a bunch of lives, on and on, one after another: you can travel by my side using one of these, sweet and tender, like an evanescent dream, like the humble seed hidden in the fruit. But at the moment, I am far away from you. I am just playing cold today.
Behind those dunes, your shoulders, and your little bare feet on the bed, I stand. Soliloqium of ten thousand voices. Dead-weight of a soft slumber.
All the broken compromises and our non-sense discussions I forgot. Hard fist through the walls of paper. White kiss in the mourning shadow.
One glowing-and-swimming consciousness is making me bigger and louder than I used to be back in the winter: there is no time for simple hesitations here.
I am just waiting for some substance, some glee, something bright, something fresh. I walked slowly, down, the alleyways in silence whispering our names like a harmless bullet.
This couch is so wide for me only and the garden outside is too green for my eyes: "To Realize" as the harshest part of the game.
If I always rescue you from the blue flames, do you will feel the same when I am gone? Jumping among a line of black trees, always turning branches into snakes.
Like a scumbag locked in this room I rule now the whole world and the universe. You were also ruled my system once upon a time, when the golden butterflies emigrated to the south... remember?
Did I ever saw your arms in danger? Did I? Would you ever will be my torch, my lamp for one night only? Will I ever start to slide my fingers into the sinuous roads of your legs?
Your reflex stand still by the clean window. I am just humblely catching flies in the market: that is why I am not going to get anywhere around, unless I was breath… unless I was air.
In the hardest and helpless conditions, between the thickest and heaviest dark fog I remain. An old ship that gets lost in the distance. A roaring soul seeking for the damned grail.
Every time you call me, anything you want to say I listen to it. A fortunate wanderer came to the beach. The neverending story of the beginning of love.
Ven. Acércate. Mírame de frente, directo a los ojos. Te ríes. Dices que estamos haciendo algo que no es lo correcto. Recoges una flor del césped y me la enseñas muy risueña. Tu risa: una y otra vez, tu risa. El viento suave nos pega de costado. Camina y juega la gente lejos de nosotros. Miras el reloj, y luego lo escondes bajo la manga. No te alejes: no en este momento, por favor. Quiero que estés cerca, muy cerca para susurrarte algo al oído. Te sonrojas. Todos somos niños. Te alejas, desvías tu mirada y vuelves a atreverte a mirarme de reojo. Nadie sabe qué es lo que pasa. No tendríamos por qué saberlo. Observo tu cuello y tus hombros. Frente a mí permanece también tu rostro, ni más ni menos. Te ríes de nuevo, y te vuelves a sonrojar. De pronto me tiendes la mano. Algo sucede. Nada acontece alrededor de nosotros. Me aprietas los dedos. Te miro de nuevo. Por fin me miras. Los dos ya no volteamos a ver ni a los árboles ni a la gente. Estamos juntos. Siento el calor de tu cuerpo, muy próximo. Ahora somos dos hojas del árbol, en medio de muchas otras. Te vuelves a reír. Yo también me río. Reímos los dos. Ambos cómplices de nuestro secreto encuentro. El enigma más caro del mundo.
Sólo después de tres horas pudo dejar de ver ese rincón, de recordar los tiempos en que los sabores de las golosinas eran mejores, porque no estaban hechos con basura. Una alacena pequeñita, con pocos trastes; conservas de coacuyul con una consistencia que no se compara con las falsas baratijas que ahora se ofrecen en las afueras de las escuelas… pero eso ya no importa demasiado. Con una acción maquinal enroscó la bufanda en su cuello, y caminó de nuevo, mirando hacia el suelo, contando sus pisadas y observando con atención cada pedazo de banqueta que era cubierto por sus pies, a cada rato. Alzó la vista y apareció una ciudad desquiciada como nunca antes. Caminó más rápido, quería alejarse tan solo, y esconderse en su madriguera, en su refugio contra las hostilidades de lo externo, que son muchas, y últimamente más que antes.
Llegó a un edificio viejo, con más años de construcción de los que él tenía de nacido. Sacó de su bolsillo un llavero, e introdujo la más grande en la puerta, subió cinco pisos y abrió una puerta con el número 404 inscrito en ella. Mismas sillas, misma estufa, mismo catre. Todo como lo esperaba. Aposentó su pesado cuerpo en una silla, junto a una mesa pequeña y cuadrada, llena de legajos sueltos y libros sin separador, y separadores sin libros, una taza de café ya sin café, un par de platos sucios y una botella de vino barato, la cual tomó entre sus manos y examinó detenidamente: «vino barato». Llenó la taza de café, aún con residuos, y la empinó en su boca, y sintió un sabor amargo, que todavía no era vinagre. Pero entonces recuperó la facultad de pensamiento. Sí, podía saberlo con claridad, aquello que se paseaba por su cabeza no eran recuerdos, sino pensamientos auténticos y todos ellos nuevos. Su mano apretaba la botella más fuerte. «Me gusta pensar, pero sólo cuando soy estúpido». Después de dos tazas más la botella quedó vacía, así que se acercó a la pared, donde había algunos huacales encimados y, dentro de ellos, algunos trastes, garrafoncitos de agua y de mezcal, sobres de café, de té, cucharas, cuchillos y una hielera de unicel con carne pudriéndose en su interior. Tomó una garrafa de mezcal y volvió a la mesa. Hasta que vio la hielera no se había dado cuenta de que el olor a podredumbre estaba por todos lados, dentro del cuartucho, fuera del cuartucho; en las calles era igual, pero los demás parecían no notarlo. Al final, unos cuantos gases evaporándose desde lo que una vez había estado lleno de la calidez de la sangre y de la movilidad de una monotonía determinada innatamente, antes de la humanidad y no por los humanos.
Después del primer trago de mezcal se sintió listo y entonces recordó ese día. Pantalón negro, chamarra café obscuro, camisa azul marino. Un oleaje que una persona que pasaba a su lado en aquel día había calificado de “brutal”, con total disgusto de su parte; viento, mucho viento. Pero todos estos detalles siempre los había recordado, lo que buscaba era pensarlos, hacer algo con ellos, estudiarlos, entenderlos… nada que pudiera hacer sin la ayuda de una consciencia alterada, sin alterarse él.
Caminando con la insistente necesidad de tomarla de la mano, y preguntándose «¿por qué?»; y quizás, en el fondo, es esa la única pregunta que existe «¿por qué?». Finalmente, nada es un milagro, todo se reduce a otra cosa, aunque no lo entendamos así. «¿Por qué siento eso, por qué no puedo dejarlo? Es una mano, ¿y qué? Manos yo tengo, cada uno tiene, son muchas, son demasiadas». Pero la necesidad no lo abandonaba, y lo apremiaba cada vez más, sus zapatos se volvieron más pesados. «¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué tengo que respetarla y respetar sus gustos? ¿Por qué no puedo entregarme al infantilismo que nunca he abandonado y que me destruye? Mi destrucción como persona, mi construcción como yo… pero no, no puedo porque yo, solo, no valgo nada». Ahora sí, ahora que lo recordaba: «solo, no valgo nada». ¿Cuánto tiempo realmente pasó? No, claro que no se refería a la valía superficial que la gente entiende, se refería a la valía que sólo unos pocos pueden conocer y que carece de valor consensual y, para la vida en este mundo, no vale nada; y, ¿cómo permanecer en un valor que se funda y se agota en uno mismo? Pero tal vez ella lo comprendiera, ¿cómo saberlo? Es esa una pregunta que no puede ser formulada. «¿Qué es lo que vale?», no podría entender lo que quisiera saber de ella. Tal vez formulada de otra manera, tal vez, «¿por qué no te gusta que te tomen de la mano?» o «¿Por qué no quieres sentir el calor de mi cuerpo?» o «¿Por qué cuando estamos juntos siempre cierras los ojos?, ¿por qué cuando caminamos siempre miras tus pies?, ¿por qué no puedo entender lo que dices?, ¿por qué no puedo quedarme dentro de ti para siempre, por que no me devoras en la inversión de un parto?, ¿por qué no puedo meter mi mano en tu pecho y arrancarte el corazón, y hacerlo parte mi cuerpo cuando todavía está tibio?» Sí, tal vez cualquiera de esas habría resultado mejor; mejor que quedarse callado con una ardorcito quemante en el pecho con la boca del estómago desecha en un limbo sensorial de lo más molesto. De cualquier forma, lo que él sí sabía era su respuesta: porque así es. Esa fue siempre la respuesta en los hechos, y siempre lo será.
Sirvió su segunda taza de mezcal y reconoció en esa una causa perdida. No importa qué, no importa cómo, pero ella nunca iba a comprender la forma en que la quería; nunca, porque así no quieren las mujeres; nunca, porque ella nunca necesitó de veras; nunca, porque no podía comprehender a las personas como personas, sino como agentes, como algo que se hace, que no es; que se manifiestan, que no existe; que hace, que no dice; que mira, que no desea; que llora, que no sufre; que camina por los malecones mirando a los barcos que son agitados a mereced del mar —todavía—azul, no que se desgarra tratando de comprender la lógica de una relación que tiene su fundamento en el más arcano de los deseos y la forma en que ella comprende lo mismo y la causa de que para poder quererlo como él quiere que ella lo quiera tiene que destruirse primero la cause de que él la quiera como la quiere… O, por lo menos eso es lo que él supone.
Toma otro trago y ahora trata de averiguar, de conocer o de suponer la diferencia entre el amor (el verdadero amor) y el deseo (el verdadero deseo) del otro… o entre al amor vulgar y el deseo vulgar del otro. La diferencia entre recargar la cabeza en su regazo y sonreír sin poder evitarlo, sin siquiera pensar en eso, y el sentir sus piernas alrededor de sus caderas, empujando. La diferencia entre decirle “te amo” y la respiración entrecortada y jadeante en su oído.
Mientras, el olor fétido que viene del exterior se ha vuelto más intenso que el que viene de la hielera, y los automovilistas gritan y hacen ruidos sin el concurso de la inteligencia y sin poder advertir que sus vidas pasan, desfilan en una serie de desperdicios que no pueden percibir
La rosa florece en medio de la fuente.
Poco a poco se estira: alcanza finalmente al Sol.
Veo su sombra proyectada sobre la roca.
Toco mi rostro: se encuentra lleno de sal.
Muevo, uno por uno, mis dedos,
jinetes del desierto blanco.
Encaramado el viento sobre tu piel,
estremece los días y las horas.
Recuerdo aún las risas y el eco
y el mudo testigo, el Cielo.
Siento a la edad deslizarse, ligera,
suavemente entre nuestros huesos.
Hace frío: caen copos y arena
del reloj bermellón del crepúsculo.
Me mantengo en espera, erguido,
estoico y ebrio de miradas perdidas.
Un anciano cargando a un niño.
Bálsamo del corazón latente.
Anclo inútilmente mis sueños
sobre las olas fugaces de luz.
Se desata la lluvia implacable
de los sauces y de los calendarios.
Me encojo de hombros, despacio,
para no despertar a las ondas del agua.
Paso mi mano por tus cabellos.
Veleros que surcan los santos hilos.
Veo tus ojos, terribles hondonadas
de insospechado placer y misterio.
Inmóviles, nuestros cuerpos tiritan.
Llamas titilantes de un solo capricho.
Las escamas se desprenden, una a una.
Perdemos materia… la estrella polar.
Te abrazo, te absorbo, y me desintegro.
Calurosa fusión de simples impermanencias.
Se calla el pensamiento, sumergido en sí.
Sólo hablan la noche y los cuerpos.
Serpientes silbantes y necias
enredadas en el frágil momento.
Recorro tus piernas, tiernamente,
mientras la luna te arranca y te arrastra.
Vagos colores sobrevuelan el aire.
Formas que se descomponen y nacen.
La rueca que teje: incesante girar
que eternamente desgarra el vestido.
La rosa se marchita en medio de la fuente.
¿Era blanca, o gris, o negra?
Tus labios: ámbar que antes fue savia.
Mi cristal, talismán protector del olvido.
Una tenue brizna de naturalidad controlada; una intransigente y pasiva petición de principio, suave y educado arrojo. Así comienza esto. El lirismo pregunta al instinto: - ¿Quieres ojos? Te los daré sólo por esta tarde - . Largas piernas, altas y egipcianamente incólumes, dos deliciosos juncos entrecruzados del Nilo. Sobre un pequeño plato de porcelana, una taza de humeante café: aromático adorno de aquella estampa instantánea.
Acomoda el abrigo en el respaldo de la silla. Sus labios púrpura claro, de bordes casi demasiado carnosos, preguntan: - Entonces, ¿no estudiaste pintura ni dibujo en algún taller o escuela, verdad? - . Los enunciados circulan inútilmente alrededor de la mesa: son ropajes invisibles, telas carentes de pudor que dejan traslucir mediante cada parpadeo y mediante cada ondulante trago de saliva dibujado en los cuellos, la silueta de eso volcánico que hay en nosotros, el magma mismo de la indecencia imaginada.
Un par de personas abandonan, juntas, este amable lugar de reunión, aquel edificio bohemio y de elegante bullicio, mercadeo de los vapores y las voces, a las 7:48 PM.
En la obscuridad (que como dijere Bataille, nunca miente), luces vagas besan las superficies trémulas del templo del alma. Un eco, una mancha. Música del espejo de los perecederos e inmortales días. Las manos preguntan: - ¿Es por aquí por donde debo de ir? ¿O acaso mejor por este lado? - . Se olvida el decurso del río, la gravedad se apodera del sueño y lo somete a sus plantas. La noche se ha vuelto un sublime capullo, un fin en sí mismo. Todavía merodean algunos reproches, algunas gesticulaciones y ruidos innecesarios. Humanos, pero no demasiado. La incomodidad se pierde en la bruma. Un último y envidiable gemido que rompe, se instala y emigra. Después, el sedoso remanso se extiende, como corpóreo y cálido silencio.
Un pequeño ratón mira desde uno de los rincones del apartamento, a unas jóvenes figuras esbeltas y fantasmales que se visten, regresando eventualmente a la normalidad.
La puerta del 17-B se abre a las 7:53 AM. Nos abrazamos al despedirnos y huelo profundamente directo de sus delicados cabellos, esos grandiosos perfumes de soleadas sabanas y de sábanas blancas. Los motores se encienden lentamente, y las llantas comienzan gradualmente su marcha. Un último vistazo por el retrovisor, helado y opaco. Los rayos índigo de la madrugada hieren las cosas. El recuerdo pregunta: - ¿He sido soñado? - . Una honda sonrisa resuelve el enigma.
* * * * * * * * * * * Not a single note upon those layers of leaves. A simple feeling vanished all the way into the cold. Black and white flowers together, like a holy crown, covering with amusing grace every shame I felt.
Not a broken hearth. Not a flag burned out. Just this breath and grass. The sky surrounding them. Why did we always saw strangers? Come here, do not be scared. Sit down by my side, gently, and let’s just see dew falling down.
Once I opened my throat so wide: a flock of doves may dangerously escaped. Hidden behind my solitude, there is my son, there is my daughter. Look at them. They are so mine. Jumping, playing with the curtains. Like a shuffling spirit your hands does not touch me anymore.
Sacred bodies, orphan souls. Scrupulously speaking, please do not sail again your ship this way. Off the shore, one chant: a view. My cell-phone it is turned off. Lights and tickles in my ear. Hawks and spitting seeds. Raisins of an ancient store.
That flashing human torch, you are. These annoying spark, these flushes in my abs. Those gardens beneath red horizons. One minute of a deep-sweet-something. Again, twilight smiles so quietly to me. Once more, echoes appears so fast, kissing the walls inside our heads. Trembling, one long and silky neck is my only pray.
“A kingdom for a horse”, once he said. Now I say: my kingdom for a woman. A real one. The great parfum of a voice and the elegance, the grace, of a walk. Fantasy and sorrow mixed together in this tragic-comedy of we. We? I cannot smell a voice yet. But I clearly listen to the steps.
[...] Noches que invadieron mi imaginación, como embarcaciones de tierras cenicientas, con imágenes profundas y vacías. Noches en las que olvidé todo: ¡todo! con dichas inconfesables y con un gato que miraba cómo se movían mis manos; ahora aquí, ahora allá. La ilusión del contacto aconteció no sé cuántas veces. Noche de luna clara y sosiego intranquilo: la tensión quieta de la vida. Noche de octubre en la que demuestro (falsamente) que es posible vivir sin nada, respirar y latir sin necesidad. Y lato, lato, lato, y la espera no es larga porque el sonido de los grillos se escabulle, bailando a través de la ventana mientras una vaga memoria del mar coquetea con mis ojos; y me ilumina. Y no tengo nada, no tengo sufrimiento, no tengo sonrisas cómplices, no tengo pestañeos nerviosos, ni tus ojos de haber visto todas las diferencias del mundo, tus ojos de poeta que pretenden saber todo, bendita imposibilidad de lo aprehensible, no tengo tu aliento a vino añejo ni tus brazos cubriendo mi cintura caliente, tu fuerza que me eleva de mí hacia mí y luego hacia ti, no tengo tu lengua probando la sal de mi cuerpo y mi cuello se contrae añorando la humedad de tu boca y mis piernas tiemblan sin tus manos que les llevan violencia y un temblor de pájaro que apenas deja el nido. No tengo ni la fortuna del tedio, no tengo siquiera deseo. Toco la casa y la casa toca el aire y el aire toca el sonido y el sonido te toca a ti y ya puedes sentir este abandono. Y amaneces al vacío, en la cama de algún hotel en México, y yo en la estúpida rue Fontan sin poder crepuscularme así. Porque dar todo, en mi caso, es darte Nada y no menos. Mi Nada, todas mis nadas, yo toda, toda para ti. Y tan lleno como eres, como de fuego un sol que no siente, lo tomas para que devengamos uno, me tomas aunque tomarme así implique hacerte vacío, echarte a perder, tú con tus palabras que se anulan en la caricia que estremece mi entrepierna, abierta, mojada, oliendo a ti, oliendo a pelo y a agua madura que no germina. Pobre, crees que sabes todo sobre mí y la verdad es que apenas empiezas. Yo voy a ser tu desaparición, tú te pierdes en mí, y yo plácida me encuentro así... fruición de disolverte, hacer solución tú y yo, tú adentro de mí, yo dentro de ti, yo mejor porque tú ni te das cuenta. Y amarte, amarte sin llamarlo así, porque eso no es, pero ¿qué mas va a ser perderme yo también en ti? Ahora tengo espirales de azul mortal y tensiones sonoras del trópico, de cualquier vórtice de alguna ola infinita, de alguna playa en la que hice que me hicieras tuya. Tengo las lucecitas en la rue Fontan, tengo las cenizas de mi padre, y yo sin saber qué hacer con ellas, tengo el piano, ese piano viejísimo en que tocaste a Charlie Parker cuando te conocí, sí el día que te dije que detestaba el jazz y tú con tu cara de conocedor-medio-profano-pero-culto-venido-a-más sin saber qué hacer y yo muriendo de risa por dentro, sólo probándote para que me trataras como a una estúpida, o de menos como a una de poco gusto, pero tú muy amable, seguiste tocando a Monk o a Gillespie, sin saber que tus manos me excitaban, sólo ahí, percutiendo las teclas y yo fumando para disimularme, para huir de ti sin poder, para evitar desearte y ahora ¿dónde estamos? Tengo a la gatita, Lola, la de Jacques, que me mira y se muere poco a poco. Y tú, transfiguras nuestras pobres vidas en sueños de niño que mira los faroles de la calle taciturna y estás repleto de voluntades de absoluto, tan falsas como cualquier filosofía y también así de verdaderas. Estás en busca de metáforas nuevas para representar tu propia vida, como hace todo lo vivo. ¿Será que triunfas? ¿Tal vez por encima de la vida misma? Pero yo tengo una gata blanca que va a morirse. Ella no me toca, no es nada para mí, pero me mira como tú me miras y a ella ya se le han agotado los tropos. Pero he tejido esta invisible armadura -más dura que cualquier metal- que se llama soledad. La he tejido como a una antigua fortaleza de agua y de sal, maestría del dolor que al desaparecer yo como una lluvia, ya no es ningún dolor. Y es que, como concluimos una vez, el dolor es la maestría de lo cotidiano, y la soledad la maestría de ese dolor. Ahora, jadear por un instante, perder la voz y sentir el aliento sureño de tus movimientos y el hálito frío de no ser nada; y tener la facultad casi divina de admirar callada la poesía de tu silencio. Y ese olor dulce a libro viejo y ese placer raro e inacabable de no saber qué danzas ni qué estaciones iluminarán las palabras. Noches de whisky y de ausencias de todo y marchitez de la vacuidad de esas noches, noches que hubiesen querido ser días, días gastados en absolutamente nada. Noches en las que fui y ya no soy, noches en las que fuiste y ya no eres. Pero noches también en las que fuimos y aún somos, eso sí. Eso sí. Una metáfora gastada. [...]
«Hoy no dijo nada, ni salió, ni se asomó por la ventana, ni se levantó de la cama… es probable que no haya abierto los ojos todavía. ¿Y, por qué hoy? Ayer sí, hoy no, sin una razón que pueda hacerme comprenderlo.»
—Ahí está la libertad. La libertad para faltar a la mínima comprensión.
«Algo incomprensible es algo libre; pero hay que entenderlo como es debido. No significa que lo que no comprendamos es libre, sino que lo que no tiene comprensión posible lo es: es libre lo irreductible a otra persona… no, a otra persona no: es libre lo irreductible a otra consciencia.
»La libertad es esa distancia ontológica entre un yo y un tú. Por eso, con completo derecho de hacerlo, me manifiesto contundentemente contra la libertad mía, pero, principalmente y con gran desgarro del alma que alberga en este cuerpo, me manifiesto en contra de que las personas que quiero sean libres… la otras pueden hundirse en la mierda, con gran gusto de mi parte por poder enterarme de ello, pero con indiferencia hacia el fundamento de su actuar y de su ser.
»Particularmente ella, que no se ha levantado de su cama, ni ha abierto los ojos; particularmente ella, que no se levanta y que en su visión ciega del mundo no puede darse cuenta de que por lo menos hay una persona que en este momento ocupa todo su pensamiento en tratar de imaginarse su cara —una cara que es dulce, pero no dulce como el azúcar, sino dulce como vainilla— y el suave movimiento que sus labios hacen tratando de apaciguar alguno de los tormentos con los que sueña, y que ella no sabe que no son reales… Ah, si ella supiera que eso que la hace moverse no existe; y que existo yo, que no puedo dormir cuando ella duerme, porque me asusta que no vuelva de su mudo onírico y que pueda volver a dibujarse mi cara en sus ojos cafés, tan comunes como los míos, pero que están más allá que los de cualquiera; ojos que proyectan y reflejan al mismo tiempo…»
Así lo escribió en una hoja suelta que encontró; tomó un lápiz y se alegró porque con el grafito su letra parece mucho más bonita que con tinta. Así de superficial es este hombre, pequeño hombre entre los pequeños que ya no se afana en encontrarse porque se sabe perdido y entonces decidió que no tenía caso buscar una obscura esfera vacía y colocada a una distancia infinita con la que no podría hacer nada una vez encontrándola, y se le presentó la oportunidad de buscar una esfera igualmente vacía, pero recubierta de mil formas desconocidas e iluminada por lo colores más impredecibles, aunque a una distancia varias veces más infinita. Una búsqueda más entretenida, sin duda, porque aún si no la encontrará —como sabe que es imposible hacerlo— la sola contemplación de sus formas merece ocupar el tiempo que de todos modos se pierde.
Pero hoy no dijo nada, a pesar de que ella se comprometió a decirlo, no con palabras, es cierto, nunca le pronunció “mañana te lo diré”, pero nunca había hecho falta eso en los compromisos que hacían y asumían, o eso pensaba él, que siempre se hunde demasiado en su propia negrura y vacuidad interna. Tal vez lo olvidó, porque los pensamientos que no se dicen se olvidan rápido, y más rápido se van los que no sólo no se dicen, sino que no se piensan, y a penas se sienten… o tal vez eso se lo estaba diciendo. Si no se ha levantado, eso es un dicho en sí mismo… pero no, el compromiso era “mañana te lo diré”, él estaba seguro de eso.
Ayer, cuando después de atravesar la calle tapizada por una plasta pegajosa de origen incierto, se detuvieron enfrente del mercado de flores y él se quedó absorto por un rato, estaba pensando en ella. Contemplaba uno arreglo inacabado, al que estaban agregando unas gladiolas y que se agitaba como en protesta, y él pensaba solamente en la manera en que titubeaban las rosas y otras flores multicoloridas y sin nombre como buscando el lugar para el que habían nacido y como buscando que su muerte no fuera a terminar como si la primavera no tuviera un significado que llegue más allá de junio; y este pensamiento no era sino todo ella, la mujer que lo acompañaba y a la que él dedicaba, desde hace varias semanas, la mayoría de sus pensamientos y, en los últimos veinte minutos, absolutamente no hubo instante en el que no hubiera un ella que acompañara todas sus representaciones. Sin importarle las implicaciones kantiano-ficinianas que hayan surgido de esta condición de su conciencia, él permanecía en la contemplación del arreglo floran en proceso de su acabamiento, y en la idealización y adoración de la divinidad que es la mujer que lo acompaña. Mientras, al mismo tiempo, esa mujer que él ha endiosado está a su lado, percibiendo el ajetreo cotidiano de un mercado público ubicado en la acera de una avenida trazada por el demonio y atrapada entre los gritos más variados que casi tratan de imitar súplicas y sin olvidar la plasta pegajosa de la calle y ha empezado a frustrarse por la desatención en que la tiene él, que sólo se ocupa de las flores y quiere decirle “vámonos de aquí”, pero no se atreve. Si él quiere ver flores, que las vea; si no le importa estar aquí, en medio de tanta cosa hiriente, adelante; y también se da cuenta —porque es cierto— que él no piensa en ella. Y no es que no la tenga en mente, en cierto sentido, pero la mujer en la que mantiene ocupada su mente no cambia, es única y sólo puede ser contemplada; no existe, pero ella sí existe y soporta los olores fétidos que no sabe de dónde llegan y que ya han provocado que se arquee y se lleve las manos a la boca un par de veces. Y mientras él piensa —y siente sinceramente— que no puede encontrar una cosa que él no sea capaz de sacrificar por la comodidad de ella, que así se tratara de un capricho para que estuviera mínimamente más cómoda que implicara un sacrificio o renuncia importante de su parte, él lo haría; mientras eso pasa por su mente, cuando ve las flores, no es capaz de verla en su petición. Es verdad, ella, la que existe, tiene poca importancia, por lo menos cuando se enfrenta con ella, la que no existe.
«18:43. Todavía no se levanta», Escribe. Toma un sorbo de una tasa de té. «Es mentira que no sepa de su compromiso, lo que sucede es que no le importa si deja de cumplirlo. Pero, en cierto sentido, el que no lo valore es ya decir mucho.» Él se hunde cada vez más en una bruma de su negrura, como es costumbre suya hacerlo. «Está bien, si no quiere decir lo que debe decir, está bien. No importa que no tenga ni la cortesía de inventar un pretexto, no importa que no le importe saber que yo estoy aquí, desde la mañana, pensando en ella, que anoche cuidé sus sueños. Cuánta cobardía, cuánta…» Entonces estrelló su lápiz contra el papel y le destrozó la punta, sintió un calor en su estómago y ardor un poco más arriba, unas pocas náuseas, se tira al piso, estira sus brazos y aprieta los puños…
Ella, en su cama, con fiebre, ha vomitado varias veces y ha deseado que él pudiera acompañarla, pero no la ha llamado porque, si no se ha acercado para preguntarle por qué no se levanta, sin no le parece raro que a las 19:00 no se haya aparecido por el exterior ella, entonces, ¿cómo iba a importunarlo?
Ver cómo se van las formidables configuraciones del tiempo se ha vuelto nuestro pasatiempo favorito. Nos hemos comido completamente, uno al otro, impulsándonos recíprocamente con dulzura y violencia de niños. Tú y yo ahora somos el actuar incesante de las tensiones inmedibles de una corriente del mar adriático. Nos apagamos con el duermevela del tiempo, sólo para encendernos de nuevo, espontáneamente, como los fuegos de un rayo, para ser nuevos y los de siempre, como los días y las horas. Me tomas y sonríes, me llevas a donde tú quieres y viene a coincidir tu querer con el mío, viene a coincidir tu amor con el mío, tu desaparición con la mía, tu desgarramiento con el mío, tu soledad con la mía. Venimos a ser tú y yo, venimos a ser formidables configuraciones del tiempo. Reparamos en nosotros mismos y la felicidad mía ha devenido la misma que la tuya. Así pasamos nuestros domingos.