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5 de septiembre de 2010

Maculada inconcepción

Sentada en el pasto, sobre esa manta que solía cargar con cuadros rojos y blancos, con esa ropa que en su decencia invita más cada vez al deseo y los zapatos que rodean exactamente sus pies, sin que ni un espacio sobre dentro de ellos. Martes, día soleado; ella, colorida toda. Medio día y los placeres de la imaginación no podrían estar más sagaces ante la centelleante viveza de las telas que rodean la apacible ingenuidad —dichosa de gracia y de coquetería— en la que el revuelo del viento y la astucia inmoral de los insectos claman por alcanzar aquello que por Dios mismo es temido, aquello que en su fragilidad suspende el ánimo de cuanto la rodea, en la desesperancia de su fin y en la dicha del ver la armonía primorosa destruida tan solo en un instante, en que se alertará de lo del mundo, en el que el santuario sagrado de su ser se verá colmado del crimen de recibir la noticia del otro que la mira y de la sensación del pasto que la irrita y del peso ligero, pero insoportable, del estambre del suéter con que viste hoy y siempre.

En la tarde, en su casa. Con sus hermanos y sus padres indolentes, insensibles ante su maravilla y ante todo lo que es digno de verse. Se encierra en su cuarto y recuerda el día: las pláticas fútiles, el silencio que carcome durante la siesta fingida, las ganas de reír que se contienen, las ganas de correr, de brincar, de morder que han de quedarse en ella para siempre, que ha de ser digeridas con el hambre y puestas al servicio de la salvaje impotencia y de los impulsos espontáneos y furiosos de hacerse daño y de asfixiar (algo, algo pequeño, algo que haga frente, que rete, que evite, que tiente, que suplique ser llevado a la picota…): el acto sencillo de volearse el dedo durante la clase, hasta que ya no se pueda, hasta que su frágil cuerpo sienta el desmayo próximo y el desperdicio solícito del tiempo (de toda la vida que es el tiempo).

Pero lejos de eso se encuentra ahora. Ahora, sólo puede concentrarse en este tiempo, en esta ventana, en la mirada de la terrosa calle, de los perros juguetones (que juegan ¡Juegan! a pesar del hambre de días y de la fría y húmeda noche que no les permite calma ni sueño: juegan por el sol, que se ha asomado y que les brinda, como a todos, su vida y su muerte)… Entonces, ella también juega, juega a acariciarse los cabellos, juega a desnudarse y a contemplar lo que en el espejo refleja algo de la sacralidad que todos miran, aunque directamente sólo acompaña —inerte y malicioso— la vida en la que ella se destaca. Juega a deslizar sus dedos en la suavidad pasmosa de su piel, a presionar un poco la firmeza admirada de su carne… y voltea en el espejo para sonreír, para decirse «sólo es un juego», para despreciar que su mente sepa y que sus dedos sientan lo que su pecho, sus piernas y su cara también.

Llega la noche y sus muslos están desesperados después del juego, sus caricias no bastan; su rabia tampoco, ¿qué se puede hacer? Las cosas son así. Debo decir que no hay momento en el que la tranquilidad se apodere de un cuerpo que digiere su rabia, porque la rabia que se encarna sólo puede conseguir pena y delirio de vivir. Agua fría, agua caliente. No se puede dormir, no se puede imaginar alguien digno de su desesperación, no se puede acabar la vida a los catorce años…

Todos duermen; ella respira la ausencia de cualquier cosa compartible. Todos se ríen; ella calla y sentencia el absurdo del disfrute, la destrucción inexorable del anhelo y de la poca felicidad a que se aspira. Todos se revuelcan, se mezclan y creen que comparten su alma superflua y sucia del mundo y creen que quieren compartirla; ella piensa, calla, siente y mira con dolor de la eternidad en su mirada. Tanta falsedad y tan pocos a quienes les importa, tantas ganas de hacerlos sonreír con una navaja, tantas ganas de acabar con ellos para siempre.

Búscalo, ahí está, es ése el vestido más bonito, más blanco, más ceñido y elegante. Báñate, límpiate, muérdete los labios, tiende la cama con las sábanas rosas, escribe «váyanse al demonio» «nada tengo más que hacer, nada necesitan de mí, nada yo de ustedes. Mejor suerte otra vez»… otra vez.

Y el charco de sangre inundó su cama, manchó su vestido, palideció su rostro, mientras el resto de la casa dormía plácidamente.

7 de junio de 2008

Apenas

Apenas saliendo de su casa, antes de cerrar la puerta, después de despedirse de su amante, cuando, de todas las miradas del mundo, ninguna se dirigía a él. En ese momento -como en todos los momentos- el cielo cambió de color, giró la Tierra, una estrella se apagó, un sentimiento de dolor orgiástico se apoderó de una hermosa y recatada dama, un hombre bueno murió y una vaca rumiaba su alimento. En ese instante, saliendo apenas de su casa, intentó recordar el rostro de su madre y no pudo, caminó dos pasos y se imaginó su rostro: acababa de verlo en el espejo, pero al que se imaginaba le hacía falta la cortada que se hizo con el rastrillo; trató de hacerlo con más precisión, colorearlo, iluminarlo; pero entre más intentaba, más confuso se volvía. "Un momento llegará -pensaba- cuando mi rostro nadie lo recuerde, cuando todas las fotografías mías yazcan en la basura o en un archivo que nadie consulte". Dio dos pasos más y pensó que su cabello estaba demasiado delgado; recordó que cuando niño solía arrancarse dos diarios, para ver si crecían más rápido que eso. "He vivido más tiempo del que todavía viviré". Tras otros dos pasos rememoró su vida, no había llegado a ninguna parte, para ser más preciso nunca había estado en ninguna parte. Su vida entera había pasado siempre por delante de sus ojos como si se tratara de una película, donde él solo contemplaba y se dejaba sentir lo que debía sentir, según la situación.


Con su mirada fija pero vacía, continúo su camino y recordó la última vez que estuvo en la playa. La brisa salada le molestaba porque le pareció que la tierra había absorbido todas las lágrimas del mundo y se había mantenido alerlta durante millones de años sólo para poder escupirlas en su cara, para hacerlo sentir vergüenza de no haber llorado desde, hacía ya, mucho tiempo. Sí, ese día, cuando sintió ganas de enterrar sólo su cabeza en la arena, y miraba los camastros, que eran la prueba de que el descanso era posible, y las toallas de colores pastel con figuras alegres le parecieron una provocación: "la gente es feliz porque es estúpida", "la gente descansa porque no se entiende a sí misma, no saben toda la maldad que ellos son", "la gente condimenta su comida porque, en el fondo, no quiere comer". Aquella vez se acercó con furia a patear cada ola que llegaba antes de que rompiera, empujaba la playa, golpeaba al mar; fatigado, se arrodilló presionando sus ojos con la palma de sus manos. Volteó al cielo y vio unos pelícanos que, inocentes, hundían sus picos en el agua para encontra su alimento. Entonces lo comprendió todo, y se tranquilizó.


Pero ahora, en su camino, no había pelícanos; ya no recordaba lo que antes le habían hecho entender. Su intuición fundamental sucumbió ante el correr del tiempo, irremisiblemente desamparado por el poder de la palabra: convertir el pensamiento en objeto, pero no todo el pensamiento. Las cicatrices de sus manos le decían cosas, pero fueron silenciadas por un hombre robusto que tropezó con él. Miró la calle y se preguntó si el alma de los autos era también inmortal, como la suya. Espejos, todos los espejos son invisibles como su rostro cuando trató de imaginarlo, sintió calor en sus pies, pero sintió también que los pies de el del espejo se quemaban, sintió que la cabeza de su reflejo le dolía, que sus manos resplandecían.


Caminó más, se desvió de su ruta, atravesó un parque. Miró con fijación los pies descalsos de una niña que no parecía comprender del mundo más de lo que lo hace un perro simpático: decidió sentarse. En la tierra había muchas hormigas, todas rojas, trabajando. Sintió su estómago vacío y se acordó de su muerte... Levantó la mirada y vio, sentada en la banca de enfrente, a la más preciosa mujer, que esperaba impaciente la llegada de alguien, mientras sostenía un cartel que protestaba contra el genocidio y una lágrima rodaba por su mejilla hasta terminar estrellada contra el invencible poder de la tierra. Entonces lo comprendió todo, y se tranquilizó.